jueves, 7 de mayo de 2009

Cabildantes, guerreros e intervenciones providenciales en la Argentina fundacional ("Siglos de Fe...", 7ª nota)

El Cabildo histórico de Salta, joya arquitectónica de nuestro pasado, cuyo valor simbólico es incalculable. Pues constituye un recuerdo vivo, salvado casi milagrosamente de correr la suerte de los demás cabildos que (de acuerdo a una antigua norma emanada de los Reyes Católicos para los Reinos de Indias) hermoseaban todas las ciudades históricas; una presencia majestuosa de los tiempos en que existía la sociedad orgánica y vecinal, en que los cabildos ejercían una auténtica representatividad y se dedicaban afanosamente al bien común. Este orden fue paulatinamente socavado por el iluminismo y absolutismo del siglo XVIII y recibió su golpe de gracia con la instauración de la república laica, centralista y liberal encarnada por Rivadavia, que abolió esta institución clave de la Argentina fundacional.

Luego de la presentación en Salta de "Crónicas del Tucumán" nº 1, de la que informaremos próximamente a los estimados lectores, retomamos nuestro ensayo de visión católica, tradicional y señorial de nuestra historia, expuesta en "Siglos de Fe en Argentina y América preanuncian un futuro glorioso - La formación de la civilización cristiana y mariana en nuestro suelo y su resistencia a la Revolución igualitaria (ca. 1530-1830)"

Cabildantes
La nueva ciudad no es sostenida ni gobernada por el Estado. En cada fundación se designan los vecinos que la gobernarán por un año a través del cabildo, presidido por el Gobernador o su Teniente. De manera espontánea y natural, la dignidad de cabildante tiende a hacerse hereditaria: se forma una aristocracia de profundo arraigo, íntimamente vinculada a los intereses de la población y al bien común, que juega un papel protagónico en toda nuestra historia.

Santiago Apóstol protege el linaje de Juan Gregorio Bazán
Estos focos urbanos de Cristiandad y sus pobladores pasan por muchas vicisitudes y son frecuentemente asolados por los indios de guerra.
En el Tucumán, como en toda América, se suceden apariciones del Patrono San Santiago, “luz y espejo de las Españas”, que ampara a los cristianos en los momentos críticos.
Una de los episodios más dolorosos de la época es la tragedia del Benemérito de Indias Juan Gregorio Bazán. Acaba de traer a su mujer, recién llegada de España, luego de añares de separación, ya que por fin está en condiciones de recibirla con nobleza y dignidad, para vivir juntos para siempre. Pero en la guazabara del río Siancas se frustran cruelmente los sueños familiares. A su perentoria indicación, los miembros de su familia huyen despavoridos antes de consumarse la desgracia. La sangre del heroico Bazán y la de su yerno, Diego Gómez de Pedraza, riegan el suelo salteño.
Perdidos en lo desconocido del Nuevo Mundo, la viuda del conquistador, su hija María, también viuda, y los pequeños huérfanos van siguiendo en penosa travesía a un misterioso jinete, al que nunca logran alcanzar. Los indios los persiguen, pero un obstáculo desconocido les impide abalanzarse sobre ellos. ¿Quién los guía y ampara al mismo tiempo?
El joven esclavo Francisco Congo declara que no es otro que San Santiago el que los hace llegar a Esteco milagrosamente.
En Antinaco, sobre el Cerro Velasco, se venera una original imagen del Apóstol caballero. Lo representa en natural simbiosis de guerrero hidalgo y de gaucho, atropellando a los moros al galope empuñando su espada de plata. Es tradición que los devotos corran detrás del santo en las fiestas patronales, evocando, al parecer, el milagro que preservó el linaje de los Bazán, que hizo historia en La Rioja virreinal.

No hay comentarios: