lunes, 17 de agosto de 2020

Discurso LA GESTA CORDILLERANA DE SAN MARTIN Y NICOLAS DAVILA, NOBLES HOMBRES DE CORAJE

 

Cnel. Nicolás Dávila
Cnel. Nicolás Dávila, Héroe de Copiapó

Libertador Gral. José de San Martín


La Rioja, 17 de agosto de 2017

Acto cívico en honor del Libertador Gral. San Martín

Palabras a cargo del Prof. Luis María Mesquita Errea, por la Asociación Sanmartiniana

LA GESTA CORDILLERANA DE SAN MARTIN Y NICOLAS DAVILA, NOBLES HOMBRES DE CORAJE

Evocar la figura de San Martín y de los riojanos como Nicolás Dávila que respondieron a su pedido de auxilio para formar el Ejército de los Andes y concretar el plan continental es reavivar nuestras esencias, pues sin honrar sus tradiciones un pueblo se transforma en masa carente de identidad y fortaleza.

 

Era un arquetipo de hombre superior quien hacía este llamado desde Cuyo.¡El plan continental!, modelo de sabiduría guerrera, se cumplirá venciendo obstáculos gigantescos como la cordillera.  El Gobierno le dará facultades de “Jefe expedicionario  en tierras lejanas”, con sabor de leyenda,  clarines,  estandartes al viento, cóndores y lanzas..

Gobernador de Mendoza pone al servicio de estos objetivos su formación de alta escuela, que suma excelencias desde su entrada en el Seminario de Nobles de Madrid, a los 11 años y su ingreso como cadete al regimiento de Murcia, a los 12, inicio de su vertiginosa carrera militar. Con coraje frío y temerario gana las insignias de Teniente Coronel peleando contra las fuerzas del Gran Corso en el  berberisco campo de batalla de Bailén.  De allí trae el ágil sable corvo, símbolo de arrojo de sus épicos granaderos.

 

Llegado al país en 1812 la Junta le confirma el grado y organiza el Regimiento de Granaderos a Caballo. Su Bautismo de fuego en San Lorenzo, será con riesgo de vida para él…

En Mendoza monta la legendaria Maestranza, donde ni a él mismo le era dado entrar si no cumplía sus estrictas normas de vigilancia; allí se fabrican desde cañones hasta uniformes y objetos de piedad para sublimar con la Fe la virtud del coraje.

 

 “Cuando San Martín se hizo cargo del gobierno de Cuyo e inició la formación del Ejército (septiembre de 1814) –dice el Cnl. Lanús- gobernaba en La Rioja Don Francisco Xavier de Brizuela y Doria, a quien reemplazó su hijo Ramón, en 1815”… “Tanto estos dos gobernadores como los que los sucedieron, particularmente el Tte. Coronel Benito Martínez (…) colaboraron con entusiasmo en la organización del Ejército, facilitando el reclutamiento de personal y disponiendo envíos periódicos de ganado y elementos necesarios para su abastecimiento”. Así, “el nombre de la Provincia quedó honrosamente vinculado a este período de la empresa libertadora” (Lanús, pp. 95-6).

La Rioja no desmintió el legado de su heroico fundador Ramírez de Velasco.  Declarada autónoma con el Gobernador Ramón de Brizuela y Doria y con voz en el Congreso de Tucumán con el gran Castro Barros, superó las expectativas sanmartinianas.

 

En esos tiempos la sociedad era como una familia de familias, viviendo sin grandes lujos pero con distinción, en una economía natural sobria y productiva, sin emisión de moneda ni estatismo invasor.  Las capitales históricas eran ciudades-provincia con su historia, héroes y figuras típicas. Así, La Rioja fue capaz de enviar remesas enteras de pólvora para reserva y adiestramiento de tropa en el tiro, descuidado hasta entonces;  se habían mandado 900 mulas, 30 quintales de explosivo, 100 reclutas para el III Escuadrón de Húsares, como  consta en la memoria de Ramón Brizuela y Doria al Director Supremo Pueyrredón,  que agradece las elocuentes pruebas de su celo.  

En abril de 1816 San Martín pide 50 quintales de plomo para balas y 300 suelas para monturas,  artículos que, dice sólo esa provincia puede surtir…

Del Oeste riojano y Anguinán parten100 cargas de harina superior, con sus sacos y aperos. La caridad en La Rioja no empezaba por casa… En el 17, envía nuevas contribuciones de pólvora. pese a la carestía por haberse enajenado los agricultores de su alimento, y la falta de mano de obra por las levas frecuentes. El Supremo Gobierno tributa las más expresivas gracias a nuestros generosos coterráneos.

Asimismo hay otros aportes de personal para el Ejército, fuera del que integró la Expedición a Copiapó. Nuestra Rioja, señores, cumplió como pocas provincias.

Fue una hazaña que en breve San Martín lograra tener un ejército que requeriría 10.000 mulas y 1600 caballos para cruzar los Andes, y batirse con un enemigo fogueado en memorables batallas del Viejo Continente.

Las patricias mendocinas y Remedios de Escalada, quieren tener lista la bandera para el día de Reyes, como lo quiere el General. Le piden al Cristo del oratorio familiar que la victoria acompañe su paño azul y blanco, colores de la Inmaculada.

Hay expectación ante la inminente partida del Ejército: sólo faltan la bandera y la advocación divina.

Los campanarios de Mendoza inundan los aires de repiques sonoros. En la Iglesia Matriz, ante la multitud enfervorizada, Nuestra Señora del Carmen es llevada en procesión. San Martín toma la bandera y la presenta al sacerdote, que la bendice.

Terminada la misa cantada con el Te-Deum, la procesión se dirige a la Plaza mientras los cuerpos militares presentan armas. Se entroniza la Virgen, Patrona jurada del Ejército de los Andes por voluntad de su jefe. San Martín, bendecido su bastón de mando, lo pone en manos de la Emperatriz de América exclamando: ¡Soldados: esta es la primera bandera independiente que se ha levantado en América! batiéndola tres veces en medio de salvas de cañones y fusilería. La alegría de un pueblo fervoroso es preludio de victoria.

Rumbo a la cordillera!, aprovechando ardides de guerra psicológica ideados por San Martín.

Alvarez Condarco es rechazado por el Gobernador español , “por el camino más corto” , permitiéndole trazar un precioso croquis! Aparenta revelar a los toquis indígenas los puntos por dónde pasarán sus fuerzas. Ufanos de la confidencia, desparraman la falsa noticia.

Las fuerzas fernandinas desorientadas  se extienden a lo largo de 300 leguas reduciendo su concentración.

Avanza el Gran Capitán dispuesto a cruzar una de las cordilleras más altas del globo.  Sabe que es ahora o nunca.

Vence cuatro cordilleras intermedias. El río Los Patos lo hostiga sin piedad; la puna le ocasiona bajas. Las cumbres de la Espinacita lo dejan colgado sobre una bajada de 4000 mt. San Martín sufre y resiste.

Tales vicisitudes acosan a las 6 alas que incluyen las 4 columnas auxiliares.

Pero en Chile asoma el histórico triunfo de Chacabuco. Triunfan la audacia y estrategia de San Martín y las ganas de vencer que ha sabido transmitir al ejército. Imposible una coordinación más exacta, comenta Lanús.

 

Santiago festeja en aristocrática y fraterna tertulia hermanando a argentinos y chilenos. Vencidos los Andes la emancipación es irreversible. San Martín lo había dicho: ¡Animo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas arduas!

 

Es la mejor definición de nuestro héroe riojano Nicolás Dávila, hombre de acción, auténtico representante del modelo de varón de clase dirigente tradicional como enseña Pío XII en sus famosos discursos sobre Nobleza y élites tradicionales.

Dávila cuenta que avanzó en la noche (como un felino) para llegar a Copiapó  ese mismo 12 de febrero. Desprendió una partida de 20 infantes al mando del Teniente Larrahona aprovechando la oscuridad para tomar a la bayoneta la guardia del cuartel.

El BRAVO Larrahona ejecutó la orden, sin trepidar, y cuando el centinela dispara el fusil al oír el grito: ¡Viva la patria! dado con voz de trueno por aquel oficial, yo entraba –relata- por la otra bocacalle con los infantes desplegados en guerrilla al trote  y protegidos por la caballería. Las fuerzas enemigas quedan inutilizadas y economizada la sangre de nuestros milicianos, penetrando la división sin disparar un solo tiro.

El 16 recién entró el Coronel Zelada con el resto de la división en medio de las aclamaciones del pueblo, y observando el contingente de estos milicianos, tostados por el cierzo helado de los Andes, –agrega-  no se desdecían de la gloria de sus compañeros, que habían triunfado ya a en las llanuras de Chacabuco.

 

Nicolás Dávila nació y fue bautizado en esta ciudad de La Rioja el 14 de abril de 1786 según documentación aportada por el dedicado genealogista Alfredo Cabral. Fueron sus padres Don Francisco Javier de Brizuela y Doria y Doña María Rosa del Moral y Andrada.

Anotado como Nicolás Brizuela del Moral, llevaría el ilustre apellido Dávila como sus hermanos con excepción del mayor, Ramón de Brizuela y Doria,  cumpliendo normas establecidas por sus antepasados fundadores del Mayorazgo de San Sebastián. Nicolás y Ramón, y un tercer hermano, el valiente General Miguel Dávila, desempeñarían un rol histórico junto a su padre, en cuya hacienda se formaron en Sañogasta (casa 14), conforme censo de 1810.

 

Casado Nicolás adquirió tierras en Nonogasta, solar de su distinguida mujer Doña Ma. Vicenta Gordillo y Castro,  construyendo casa, hacienda, bodega y fundición de metales, más tarde Casa de la Moneda.

Edificó la Iglesia de San Vicente Ferrer (MHN), y cruzando la cordillera a lomo de mula desde Copiapó con ella, entronizaron la artística talla del Patrono,  venerado con arcos de flores, alférez a caballo y procesión por sus descendientes y todo el pueblo.

Dice el historiador Zinny que Don Nicolás era “Comandante de la Capitanía de Famatina cuando el Gobernador Martínez, a fines de 1816, le ordenó preparar dos escuadrones de milicias para el 15 de enero siguiente”.¡Poco tiempo para tal empresa!

La Capitanía abarcaba los actuales departamentos Famatina y Chilecito, incluyendo Nonogasta y Sañogasta

En Sañogasta fue que Don Nicolás y su padre Don Francisco Javier de Brizuela y Doria “fundieron los primeros cañones argentinos, para luchar por la libertad”. Allí también estaba la fábrica de la pólvora enviada a San Martín.

Con la colaboración familiar y de una pléyade de patriotas tuvo listos sus escuadrones para la fecha fijada. Zinny dice: “… lo más selecto de la juventud riojana; se encontraban el Capitán Miguel Dávila, hermano del Comandante, el Capitán José Benito Villafañe, el Capitán Manuel Gordillo, los Oficiales Mateo Larrahona, Noroña y muchos otros”. Lo llama “Comandante” pues fue el verdadero jefe de la expedición, el Héroe de Copiapó.

Hemos mencionado los aportes de pólvora y mulas de su familia paterna venciendo carencias y dificultades. Su importancia para la emancipación consta en la carta con la que San Martín lo agradeció al Gobernador Ramón Brizuela y Doria, conservada en Sañogasta.

Partieron de la antigua Iglesia de Santa Rita de Chilecito luego de oír misa con 120 milicianos locales y otros 200 de la Capitanía de Los Llanos traídos por su Teniente, don Fulgencio Peñaloza. Recogieron avíos en Nonogasta y en el Vinculado; cruzaron la Sa. de Sañogasta y los cerros de Aicuña.  Se les facilitó el pastaje en las estancias del Mayorazgo de San Sebastián, dice Lanús.

Fue providencial que Don Nicolás conociera esos campos a la perfección, pues su padre le había confiado su administración.

Acometió la toma de Copiapó y El Huasco con pleno éxito. Conforme la estrategia sanmartiniana, aquel 12 de febrero todas sus fuerzas lograron su objetivo. Nicolás Dávila fue, en la misión encomendada a La Rioja, el ejecutor audaz, con generosidad para darlo todo a la causa de la Independencia.

Fue destacado Gobernador de la Provincia de 1821 a 1823 fomentando la educación y la agricultura;   en la Casa de la Moneda de Nonogasta acuñaba preciosas monedas de oro –muy valoradas hoy por autoridades en Numismática.

 

Su trayectoria, como dijimos,  fue un ejemplo del papel de las élites tradicionales cuya misión perenne, en perfecta compatibilidad con una verdadera democracia, es  preservar la tradición y ser así factor de progreso.

Pues la Tradición, sabiduría forjada en el pasado que debe guiar el presente, es un valor imprescindible; el progreso sin la tradición se transforma en un peligroso salto a la oscuridad, en barbarie organizada, enseña Pío XII -.

 

A esas élites tradicionales que representa el ejemplo de Nicolás Dávila les cabe una alta misión por el bien de toda la sociedad. Son, enseña el Papa, “…la comunidad de las familias que ponen por tradición todas sus energías al servicio del Estado, su Gobierno y su Administración, y con cuya fidelidad puede éste contar en todo momento”.

 

Magnífica definición que “recuerda las grandes estirpes de descubridores, colonizadores y agricultores que construyeron el progreso de las Américas y, manteniéndose fieles a sus tradiciones, constituyen la preciosa riqueza moral de las sociedades en que viven,” dice el Plinio Correa de Oliveira en su obra Nobleza y Elites tradicionales.

Por eso, celebrando en este día la gesta sanmartiniana queremos recordar esa misión que no puede faltar en la sociedad.

Para estar a la altura de ella -le dice Pío XII a cada oyente- debe ser hombre de valor, con una fortaleza de ánimo que ni las más duras pruebas consigan abatir; … que no solamente os convierta en perfectos soldados de Cristo para con vosotros mismos sino también, …, en animadores y sustentadores de quienes se sientan tentados de dudar o ceder.

Debe tener  una prontitud para la acción, que no se atemorice en previsión de ninguno de los sacrificios hoy exigidos por el bien común [que]… os preserven de caer en un ‘abstencionismo’ apático e inerte, que sería gravemente culpable en una época en la que están en juego los más vitales intereses de la religión y de la patria.

 Fortaleza de ánimo –prontitud para la acción – generosa adhesión a los preceptos católicos que forjaron la patria desde sus primeros albores, Nicolás Dávila dio sobradas pruebas de tenerlos… Que su ejemplo fructifique en nuestros jóvenes y en toda la sociedad siguiendo los pasos que hoy evocamos con agradecimiento y esperanza.

 

 

jueves, 13 de agosto de 2020

Santo Domingo de Guzmán, monje y caballero del espíritu, por Franco Flores de la Fuente


Imagen del Patriarca Santo Domingo de Guzmán, Convento de Santo Domingo (La Rioja), Iglesia más antigua que se conserva en pie, construida por el hijo de D. Juan Ramírez de Velasco, Gobernador del Tucumán y fundador de la Ciudad de Todos-Santos de la Nueva Rioja 

Nos hallamos ante un hombre gigante. De él se han dicho elogios bien merecidos. He aquí algunos: "Apóstol de Francia. Gloria de España. Protector de Italia. Monje y caballero del espíritu. Alma de silencio y lengua de verdad. Cenobita y trovador del Evangelio. Ilustre fundador de la Orden de Predicadores. Precursor del Santo Rosario...". Dante en la Divina Comedia le llama "Esplendor de luz querúbica". Y la liturgia: "Como la estrella de la mañana, como la luna llena en el esto, como el sol refulgente, así brillas tú en la Iglesia de Dios".
De la ilustre familia de los Guzmán nació en Caleruega (Burgos) en 1171. Fue su padre Don Félix de Guzmán y su madre la Beata Juana de Aza. De esta gran mujer recibió Domingo su primera educación. Cuando sólo contaba seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para que le educara en las ciencias. A los catorce años fue enviado al Estudio General de Palencia, que era el más famoso de España para que se formara en todo el saber de aquel tiempo, que abarcaba las ciencias humanas y la misma teología.

Mientras Domingo estudia con toda su alma y se engolfa en la Sagrada Escritura algo viene a distraerle un poco de su completa dedicación: sobrevino aquellos días un hambre desgarradora en la ciudad de Palencia. Domingo entregó poco a poco cuanto tenía para paliar un poco tanta necesidad. Llegó un día que sólo le quedaban sus libros. Pero si los vendía o entregaba a cambio de algo para sus pobres ¿en qué podrá estudiar? Por otra parte los tiene llenos de notas que ha ido pacientemente día a día escribiendo. Y reflexiona. "Pero ¿cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?". Este era Domingo: Hombre que por caridad se olvida de sí mismo y sólo piensa en el bien de sus hermanos.

Jesús iba moldeando su alma. La caridad iba ensanchando su gran corazón. Una cosa había hecho hasta ahora: dar limosna. Pero lo que ahora le pedía el Maestro era: Que se diera a sí mismo. Seguirle a Él. El momento lo encontró cuando una mujer llega a su habitación y le dice: "Mi hermano ha caído prisionero de los moros" y, ni corto ni perezoso, porque ya no le queda nada por dar, se entrega él mismo como esclavo. Todos hablan de Domingo. Llega a los oídos del Obispo de Osma D. Martín Bazán y le manda llamar para que acepte ser canónigo de la Catedral. Tenía veinticuatro años. Aceptó la canonjía siempre pensando en poder hacer algo de bien a aquellos canónigos. Pronto fue un modelo para todos. Era el más puntual al rezo del Oficio Divino. El más pobre. El más caritativo.

Llega a los oídos de Domingo el rumor de los destrozos que hacen los herejes en Francia y quiere atajar tanto mal. Para ello va allá y predica con fuego la verdadera fe de Jesucristo. Para que lo que va a haciendo tenga continuidad quiere formar con los compañeros que le siguen una Orden que se dedique a predicar la Palabra de Dios... Así nace la ínclita Orden de Predicadores o Dominicos.

Recorrió gran parte de Europa predicando la Palabra de Dios y tratando de alejar a los hombres del pecado. A él se atribuye también el origen del Santo Rosario(*) que "como compendio del Evangelio" y "devoción de las almas sencillas y contemplativas" tanto bien ha hecho y hace a quienes lo rezan con devoción. Le unía una gran amistad con San Francisco de Asís. Ya en vida gozó de gran fama de santidad no sólo por los muchos milagros que el Señor obró por su medio sino por la vida tan santa que llevaba y comunicaba a los demás. En Bolonia volaba al cielo, a los cincuenta años de edad, el 6 de agosto de 1221.

(*) esta extraordinaria gracia de la SSma. Virgen la abordaremos en otra oportunidad

Nota: el autor es Vice-Presidente de la Cofradía de La Merced (La Rioja)


lunes, 27 de julio de 2020

Es necesario cambiar el discurso del miedo por el de la confianza, por José Durand Mendioroz

lunes, 27 de julio de 2020


Es necesario cambiar el discurso del miedo por el de la confianza,  José Durand Mendioroz


Se dijo de la cuarentena argentina que, si bien es posible montarse en un tigre, mucho más difícil es bajarse. Esta figura metafórica puede aplicarse a la situación planteada por la larga cuarentena que atraviesa el país. Con o sin razón, el Presidente y los gobernadores reivindican que la Argentina muestra una cifra relativamente baja de muertos y de infectados en relación con algunos países de la región. Pero ya existe circulación del virus en las grandes áreas urbanas y su propagación más o menos exponencial es inevitable. Porque no se puede parar el virus a garrotazos, pero tampoco es posible prolongar la cuarentena.

Los récords de contagios están ocurriendo cuando apenas ha transcurrido el primer mes del invierno, por lo que el restablecimiento de la normalidad puede ser problemático. Pero aun así, es necesario bajarse del tigre; es decir, volver al pleno funcionamiento de la producción, de los servicios, de los poderes del estado y de la administración pública. Y para posibilitar eso, es necesario cambiar el discurso del miedo por el de la prudente confianza, tanto en la conveniencia de volver a la normalidad, como en la capacidad del sistema de salud de curar a los enfermos. 

Sin entrar en el análisis de las intenciones ni en la atribución de responsabilidades, no se puede negar la existencia de un discurso del miedo que caló hondo en la sociedad. Este se basó, primero, en la continua y exagerada presencia pública de los contagios, de las muertes, y de los dramas humanos relacionados. En la Argentina existen muchas causas de mortalidad más importantes, pero –sencillamente- de eso no se habló y esas muertes son invisibles. En segundo lugar, el miedo se transformó en pánico para mucha gente ante la percepción de que el sistema de salud no estaba capacitado para dar una adecuada contención, limitándose a seguir los protocolos aconsejados por la OMS cuya aplicación, en la experiencia de muchos países, ocasionara diversas críticas.

Por otra parte, nunca la autoridad sanitaria fue tan desafiada como en esta ocasión por científicos independientes. Epidemiólogos argentinos cuestionaron la mismísima utilidad de la cuarentena, en tanto que desde la orilla de la Inmunología se criticó a los epidemiólogos en general por ignorar que la población se encuentra parcialmente inmunizada por otras cepas de coronavirus. En tanto, desde la práctica médica, se fueron descubriendo en todo el mundo muchas mejoras a los protocolos “estándar” aconsejados por la OMS. Si bien todo esto puede haber ocasionado desconfianza e influido en el miedo, en general las críticas fueron razonables y fueron señalando políticas y tratamientos alternativos valiosos.

En nuestro caso, y transitando ya un camino –que ni siquiera se ha terminado de diseñar- de retorno a la normalidad, debería transmitirse a la sociedad la confianza, tanto en la conveniencia para todos del levantamiento de la cuarentena, como en la capacidad de nuestro sistema de salud para proporcionar las soluciones que la situación exige. La confianza disiparía el miedo; y de este modo la violencia y las conductas antijurídicas carecerían de atenuantes. Naturalmente, no se trata de un mero cambio de chip o de narrativa, sino de mejorar concretamente dos cuestiones claves: una comunicación veraz que reduzca el problema a su verdadera dimensión; y la mejora sustancial en la atención de los casos sintomáticos. Es que, en la verdad científica y en las conductas ejemplares, es donde puede fundarse una verdadera confianza.  Me voy a referir a dos experiencias cercanas, que indican que el cambio es posible. 

Italia, que aprendió de sus errores y Uruguay, que aprendió de los errores ajenos.

Después de estudiar autopsias, los italianos determinaron que el virus –en sus manifestaciones severas- afecta la sangre causando anoxia, suscita una respuesta desproporcionada del sistema inmunológico, que a su vez produce coagulación intravascular diseminada, cuyo desarrollo termina colapsando principalmente los pulmones. Ante eso, modificaron –con éxito- los tratamientos recurriendo a fármacos muy conocidos para controlar aquellos efectos (anoxia, inflamación, trombosis) que son –en definitiva- los que llevan a las complicaciones y en algunos casos, a la muerte. Por otra parte, establecieron protocolos para tratar a los pacientes desde el “día uno”, generalmente en la modalidad ambulatoria y domiciliaria, tal como surge de la comunicación científica de expertos que estuvieron en el vórtice de la pandemia en la Lombardía.

El tratamiento temprano tendiente a prevenir, evitar o moderar aquellos efectos que llevan a estados de gravedad, requiere una mejora sustancial en el llamado nivel primario de atención. Esta es la clave del éxito de la experiencia uruguaya. Del otro lado del charco hicieron las cosas bien, generando un estado de confianza en la sociedad y haciendo innecesario imponer cuarentenas. ¿Cómo no va a ser así, si al 5 de julio el gobierno informó que, de 956 casos positivos, tenían 849 personas recuperadas, 28 fallecidos, y de los 79 casos actuales, sólo una persona se encontraba en cuidados intensivos? Los logros se deben al tratamiento temprano y a un primer nivel de atención primaria muy contenedor: articulación de los efectores públicos y privados, con fuerte presencia de médicos de familia, atención domiciliaria, un sistema de emergencia prehospitalario  -evitando que en la medida de lo posible que un eventual paciente vaya al hospital- pruebas para casos sospechosos en los propios hogares, en su diseño esencial. ¿Acaso estamos hablando de un país de un nivel de desarrollo y de cultura muy diferente del nuestro?

Brindar proactivamente los tratamientos que dan resultado.

Por resultado debe entenderse que la gente se cure. Se ha repetido hasta el cansancio que no existe un tratamiento específico para la Covid 19. Pero en cambio, prácticamente todos los síntomas –que son los que matan a la gente- pueden ser controlados. Además, existe experiencia en lo que respecta a fármacos que producen condiciones para que el virus no se propague o no tenga capacidad de infectar las células. Porque ya es mucho lo que se conoce del SARS-Cov-2 y de tratamientos y de fármacos accesibles, probados y efectivos. Al fin y al cabo los fármacos que se utilizan con la bendición de la OMS también son de uso experimental. La sociedad debe tener la seguridad de que la dirección del sistema de salud va a poner a disposición de todos los argentinos los tratamientos que han brindado mejores resultados, dándoles a los médicos la posibilidad de optar fundadamente en función de la situación de cada paciente.

Si bien pueden citarse numerosos fármacos de conocimiento y uso globales, me limitaré a mencionar dos extraordinarias iniciativas argentinas: el suero hiperinmune equino, cuya autorización solucionaría la escasez de plasma de convaleciente, que tanta susceptibilidad causara por favoritismos en su asignación. Y el exitoso tratamiento de nebulización con una molécula modificada de ibuprofeno, dispensado por un aparato específico que es mucho más barato que un respirador, desarrollado por científicos cordobeses. Podemos citar también la proactividad del Hospital Eurnekián, de Ezeiza que utiliza dos exitosos protocolos, uno de prevención, para los profesionales de la salud, y otro de tratamiento para pacientes, la mayoría de los cuales son ambulatorios. Debería ser política de Estado posibilitar que las autorizaciones correspondientes no tengan demoras burocráticas y que los beneficios lleguen a todo el país. En definitiva, puede existir una base real para generar confianza.

En conclusión.

Es indudable que la situación que vivimos toca profundamente los primeros principios de la bioética personalista, el de supremacía de la dignidad humana y el del valor eminente de la vida. También se encuentra implicado el principio de beneficencia para el paciente, en cuanto a posibilitar la disponibilidad del mejor tratamiento. En tal sentido, debe priorizarse la necesidad inmediata del paciente; ante el enfermo, lo primero es curarlo, en tanto que la investigación no debe ni demorar ni menoscabar dicha prioridad. Las normas y criterios de excepción existentes, de ninguna manera pueden menoscabar el derecho al consentimiento informado del paciente, ni el principio de beneficencia, que va de la mano con el deber de los médicos de obrar conforme a su ciencia y conciencia, ni las exigencias básicas vinculadas con la dignidad y derechos humanos de las personas que participan de un proyecto de investigación.

La confianza social se fundará sólidamente en la verdad científica, tanto como en la diligencia y moralidad de los efectores del sistema de salud y de las autoridades en general.

Para ello se debe mejorar en la comunicación, en la contención y en los tratamientos, diluyendo de esta manera el miedo instalado. Ello sin perjuicio de mantener razonables medidas de distanciamiento social y especiales recaudos con los sectores más vulnerables.

Quizás entonces las noticias que prevalezcan en los medios sean que “se baten récords de recuperados”, que “la confianza de la gente en el sistema de salud aumenta sostenidamente”, que “sobran lugares en terapia intensiva”, que “se está cubriendo la demanda postergada de otras patologías”, etc. Pero, claro, también es posible que las autoridades opten por no cambiar la vigencia de la lógica del miedo. En lo inmediato la decisión es de ellas, pero en la República no dejamos de tener todos algún grado de responsabilidad y en su ejercicio, podemos afirmar que nos jugamos el futuro de nuestra sociedad.

Autor: 
José Durand Mendioroz (Abogado y docente)

Agradecemos la gentileza del Centro de Bioética, Persona y Familia por la publicación de este artículo del Dr. José Durand Mendioroz

sábado, 25 de julio de 2020

La fe heroica de los primeros pobladores cristianos - La primera ciudad en territorio argentino: Santiago del Estero


El gran héroe don Francisco de Aguirre, fundador de Santiago del Estero, "Madre de Ciudades" - Monumento en La Serena, Chile

Centro Cultural Juan Ramírez de Velasco
XIV Jornada por la Civilización Cristiana y la Familia
Museo de la Ciudad – Salta, octubre de  2018
Elena B. Brizuela y Doria de Mesquita – Sañogasta, La Rioja

“PROMOTORES   Y  HEROES  DE  LA  CRISTIANDAD  EN  AMERICA
(Siglos XVI a XIX)”

 I) LA  FE  HEROICA DE LOS PRIMEROS  POBLADORES  CRISTIANOS
Cristóbal Colón llegó a América en 1492. En España gobernaban los Reyes Católicos. Una bula del Papa Alejandro VI determinó la donación, a ellos, de las tierras descubiertas y daba normas claras como éstas: “adoctrinar a los indígenas y moradores dichos, en la fe católica e imponerles en las buenas costumbres...” 
La Reina Isabel así se lo propuso, y en esto comprometió también a sus sucesores.
El PAPA SAN PIO V, cuando señaló la conducta a seguir en la evangelización del Nuevo Mundo,  decía “que había que mirar como especial regalo de Dios que aquellos pueblos estuviesen bajo la jurisdicción de la corona católica, no turca ni protestante, y cargar toda la fuerza de la conciencia en los deberes misionales que para el rey y la nación se derivan de ese hecho”. (El sentido Misional de la Conquista. V. Sierra, p 91). ¡Tengamos en cuenta que es un PAPA SANTO el que lo dice!
El espíritu y el nervio de la empresa que se iniciaba, tendría sus matices, pero sería, como la califica Vicente Sierra, “una gesta estupenda”, porque los pueblos nativos se incorporaron a la civilización cristiana.

Para los hombres que vinieron a América la religión católica era esencial en su vida. Se trasladaban al continente descubierto por Cristóbal Colón, llevando consigo no solo sus ambiciones, su coraje, su espíritu de aventuras, sus grandes fallas y  sus virtudes, sino el alma española impregnada de Fe en Cristo.
Por mandato de los Reyes y por propia convicción la transmitían a los indios. Lo hizo también  Colón, cuyo nombre “Cristóbal”, significa “portador de Cristo”,  y él, a pesar de los defectos que tuviera,  propios de los hombres de la época renacentista, hizo honor a ese nombre: a cada paso en la tierra nueva, “dejaba siempre puesta una Cruz”, y cuando era posible, “una muy alta y grande Cruz”. Bautizaba cada isla, cada cabo, cada lugar con un nombre cristiano: San Salvador, Isla Santa, Isla de Gracia, La Asunción, Santo Domingo, Natividad, Mar de Nuestra Señora, como a su propia nave: la Santa María.

En 1535, Don Pedro de Mendoza antes de emprender el largo viaje hacia la tierra nueva, rindió pleitesía a la Santísima Virgen, luego se ocupó de redactar su testamento. Es interesante leer el encabezamiento.
Dice así: “En el nombre de Dios y de la Santa Trinidad...o de la buena venturada Virgen gloriosa su Madre. Ella que es Madre de Consolación o de piedad, a quien yo tengo por Señora o por abogada en todos los míos hechos, a la cual pido o suplico me quiera dar gracia para que pueda hacer y ordenar testamento y todo aquello que el fiel cristiano debe hacer.” 
Se palpa el fervor religioso de este hombre que todo lo encomendaba a la Providencia,  era corriente entre los conquistadores españoles. (Pienso yo, muy a pesar de algunos historiadores y demás detractores de la historia verdadera.)
Don Pedro cargó una antigua Imagen de Nuestra Señora de la Merced y bajo Su protección, y con Ella, se hizo a la mar. Los fervorosos marinos le dieron el título de Nuestra Señora de los Buenos Aires; es la primera que entrara, en 1536.  Fue la precursora de la devoción a María Santísima en nuestra patria. Mendoza trajo cerca de dos mil hombres y varios sacerdotes mercedarios cuya función era atender las necesidades espirituales de los que integraban la expedición, aunque luego asumieron también responsabilidades misioneras. El asiento fue a orillas del Río de La Plata, con el nombre de Nuestra Señora de los Buenos Aires, pero no prosperó, se levantó y se trasladó a Asunción.

Vayamos entonces a otras latitudes bajo este cielo americano, a buscar hechos que nos hablen de las vivencias de los primeros pobladores después del descubrimiento.  Comprobaremos que la Providencia hizo sentir Su Gracia, tanto en las duras pruebas, como en los grandes consuelos.

II) NUESTRA  SEÑORA  DEL  BOLDO
La ciudad de Concepción, en el sur de Chile, fue fundada por Pedro de Valdivia en 1550. Los españoles que la poblaron, adoctrinaron a los naturales, y hasta el famoso cacique  araucano  Lautaro se había bautizado tomando el nombre cristiano “Felipe”.   El y sus vasallos, apreciaban los beneficios que traían estos nuevos habitantes. Veían la organización de sus pueblos, la construcción de  sus casas, que a pesar de la precariedad a que obligaban los pocos medios disponibles, eran  paredes de barro apisonado y techos de paja; veían que trabajaban la tierra con herramientas de hierro, material nuevo para ellos;  que transportaban cargas en unas cajas  rodantes que llamaban carros, traccionados  por caballos, burros o  mulas; que se trasladaban montados en esos animales novedosos en estas tierras. Veían con asombro que  sembraban y plantaban vegetales traídos de Castilla y cosechaban frutos exquisitos; que obtenían leche de animales con cuernos que llamaban cabras a las pequeñas y vacas a las de mayor tamaño, aptas también para proveer carne, cerda y cuero.      Estos, entre otros muchos asombros!
Hasta entonces los lugareños habían caminado para trasladarse, habían transportado cargas a lomo de hombre o angarillas pues no conocían la rueda; cosechaban algarroba y otros frutos del campo, cultivaban maíz, papas y zapallos; cazaban, para comer la carne de zuris y otras aves silvestres  o camélidos de alta montaña –cuando no la de enemigos vencidos, lo que era bastante frecuente en muchas parcialidades nativas.
Pero no aceptaron tan fácil todo lo nuevo; se resistían a dejar sus consabidos rituales y sujetarse a un solo Dios,  que por añadidura les ordenaba la vida con diez mandamientos que les prohibía ciertas prácticas como la  idolatría con abundantes libaciones rituales que terminaban en grotescas y peligrosas borracheras que casi siempre daban en peleas  y muertes. La poligamia, la antropofagia y el sacrificio de niños eran flagelos que había que erradicar de muchas parcialidades nativas.  Por otro lado la nueva doctrina les sugería costumbres civilizadas a las que no estaban habituados, como cubrirse el cuerpo, comer en mesas, dormir en camas o higienizarse.
A esto se sumaban actitudes descomedidas y torpes de algunos españoles.
Un día Lautaro atacó Concepción.
Quemó las casas, mató y saqueó. Quedó en pié únicamente la pequeña Iglesia de la Inmaculada Concepción; allí se refugiaron los que quedaron con vida, incluyendo a los indios amigos ya bautizados que abrazaron el cristianismo.
Cuando se acercaron los atacantes a la capilla para completar su obra devastadora, extrañamente comenzaron  a retroceder asustados, tapándose la cara; caminaban como atontados y enceguecidos. Aprovechando la situación, los españoles tomaron algunos prisioneros y los  entraron en la Iglesia; al ver la imagen de la Inmaculada, gritaron: “¡¡fue Ella, fue Ella!!”.
¿Qué había pasado? 
Se les había aparecido la Inmaculada Concepción; parada sobre una planta de boldo les tiraba arena fina a los ojos cegando a algunos, solo hiriendo a otros,  y aterrando a todos. (Bien dice la oración que Ella es “terrible como un ejecito en orden de batalla”.)
Desde entonces, hasta ahora, la imagen milagrosa se venera con el nombre de Nuestra Sra. del Boldo y se conserva en el Convento de las Hermanas Trinitarias.
Esa capilla fue el primer edificio levantado, como se hacía en todos los poblamientos; notablemente fue el único que quedó en pié, y allí Nuestra Señora intervino a favor de sus hijos fieles, españoles e indios. Con este hecho atrajo a los rebeldes.
Notemos también,  que había una distancia bastante amplia en el avance de conocimientos, aplicación de técnicas y desarrollo de ambas culturas; algunos autores afirman que esa distancia es de cinco mil años  (José M. Iraburu, “Hechos de los Apóstoles de América”, 1-Descubrimiento y evangelización. p.18).

Vayamos por otro episodio, en el que podemos palpar que los caminos de los cristianos en América  no fueron precisamente cubiertos de rosas.

III) LA  PRIMERA  CIUDAD  EN  TERRITORIO  ARGENTINO: 
SANTIAGO  DEL  ESTERO
¡Increíblemente sufrida! ¡Terriblemente golpeada! ¡Verdaderamente heroica!
La fundó Juan Núñez de Prado, Capitán General y Justicia Mayor. Venía del Perú  enviado para ejecutar un proyecto coherente e interesante: poblar el Tucumán sobre los caminos incas que unían Chile y Perú donde ya habían ciudades afirmadas, empalmando con la posible ruta al Río de La Plata con salida al Atlántico que la expedición de Diego de Rojas intentara pocos años antes.
El 29 de junio de 1550 nació la ciudad pionera de nuestra patria, con el nombre de “Barco”. Sesenta fueron los primeros vecinos. Se  plantó el árbol de justicia en la plaza, se designaron los miembros del Cabildo, se distribuyeron solares y tierras de labor, se erigió la  Iglesia y el primer convento para los  frailes dominicos Gaspar de Carvajal y Alonso Trueno. Construyeron sus casas y trabajaron duro labrando la tierra y criando los pocos cerdos y cabras que trajeron.  Los recursos escasos y las pocas cabalgaduras hacían muy difíciles las cosas, pues nunca llegaron los tan esperados refuerzos programados por Núñez de Prado, con hombres, animales, plantas, semillas y herramientas.
Aunque venían de la corriente del Perú, hicieron el asiento en tierras que estaban bajo la  jurisdicción chilena a cargo del Gobernador  Valdivia.  Enterado éste de la novedad, envió a Francisco de Villagrán  para remover del cargo a Núñez de Prado, bajar su jerarquía a lugarteniente suyo e incorporar  la Ciudad del Barco a  Chile.
Lo cierto es que por razones políticas, de ambiciones, de temperamento, de incapacidad, de ausencia de criterio lógico y de falta de bondad de ciertos dirigentes, se cometieron torpezas que crearon enormes inconvenientes a los primeros pobladores. El paso de Villagrán fue nefasto pues sus actitudes descomedidas provocaron la reacción de los Juríes. Regresado aquél a Chile,  Núñez renunció ante el Cabildo a su juramento como teniente y reasumió el cargo de Capitán, y anunció el traslado de Barco a algún lugar más allá de la jurisdicción Chilena. Los vecinos se negaban a abandonar lo construido, pero fueron reprimidos hasta con la ejecución de uno de los opositores; y encadenó trescientos indios amigos para usarlos como cargueros en el traslado.
Así, con dolor,  se inauguró en junio de 1551, la segunda Barco, sobre la ruta incaica hacia Perú, en Tolombón, en tierras habitadas por el Cacique Calchaquí, pero no fuera de la jurisdicción chilena.
Se levantó otra vez la ciudad, con mucho esfuerzo, sin sospechar que el Capitán General Nuñez había solicitado a la Real Audiencia autorización para abandonar la empresa y regresar al Perú. La respuesta tajante fue: ¡poblar! ¡cumplir con la tarea emprendida!
Entonces anunció: ¡un nuevo traslado de Barco!  Los vecinos  rechazaron esta decisión, y hubo dos ejecuciones más... 
En febrero de 1552  se inició la marcha hacia el este con el propósito de salir definitivamente del límite oriental chileno. El tránsito fue penoso, cansados, hambrientos, con ataques de indios con flechas envenenadas, heridos, dejando algunos muertos por el camino. Llegaron a los llanos de los Juríes en las orillas del Río Dulce, donde estos indios sedentarios estaban sufriendo un ataque de los antropófagos Lules. Hicieron un trato: los españoles les ayudaban a defenderse y recibían a cambio una fracción de tierra para asentarse, sobre el río. Así fue que en abril estaban construyendo por tercera vez la ciudad, alargando su nombre: “Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago”.
Allí vivieron un tiempo, aliados con los Juríes. 
Pero, la preocupación era permanente por la inoperancia de Núñez  para resolver la terrible crisis producida por el aislamiento de otros centros españoles, separados por enormes distancias, y ya no tenían caballos suficientes para movilizarse y proveerse; la falta de recursos trajo un lamentable empobrecimiento; la carencia de alimentos y ropa era desesperante; comenzaron a vestirse con cueros y pieles de animales y a hilar fibras de cáñamo para tejer un lienzo áspero con el que confeccionaban camisas; aprendieron a comer raíces, yuyos, insectos, cueros..., y el principal alimento era el maíz, cuando las mangas de langostas o la sequía les permitía cosecharlo.
1553. Con el nuevo año, llegó el verano, y al fin del verano llegó una esperanza: Francisco de Aguirre, desde Chile, con sesenta hombres, caballos y socorros materiales de todo tipo. Venía mandado por Valdivia para poner las cosas en orden.
Era hombre visionario y ejecutivo, de procederes claros, cabal y conducta recta. Imponía temor y respeto a los indios levantiscos, tenía proyectos de expansión y se cortaría el aislamiento.
Aguirre tomó el mando y deportó a  Núñez de Prado a Chile. 
Corrió la ciudad media legua hacia el norte junto a los esteros del río.
¡El tercer traslado!  ¡¡La construyeron por cuarta vez!!
“Barco” dejó de serlo, para llamarse, tras la re-fundación, “Nuevo Maestrazgo de Santiago”. La costumbre fue nombrándola “Santiago del Estero”, y así quedó.
Pero... una sombra había que nublaba el corazón de estos cristianos.
El nuevo gobernante, a la par de sus grandes dotes acarreaba también grandes defectos. Era prepotente, autoritario y sobre todo descreído. 
Vicente Sierra lo califica así: “...era la negación misma de todo sentido misional”. 
Los sacerdotes Carvajal y Trueno, que habían acompañado y fortalecido a los primeros pobladores en toda su gesta heroica, emprendieron viaje al Perú por desentendimientos con Aguirre.
Poco tiempo después, éste regresó a Chile por razones políticas, llevando con él muchos hombres y caballos, ¡lo que más necesitaba la ciudad!,  que quedó esta vez  sola como nunca, con una amarga sensación de orfandad y de agravio.
Juan Gregorio Bazán quedó al mando de los 56 vecinos.
Los indios del Bermejo sabedores de la ausencia de Aguirre,  comenzaron con escaramuzas y actos de pillaje. Confabulados con los chiriguanos -comedores de carne humana- pretendían soliviantar a los juríes,  y arrasar.
Enterado Juan Gregorio, antes del alba hizo tocar el trozo de hierro que hacía de campana colgado de un algarrobo al lado de la Iglesia. La llamada no tenía la cadencia sonora que alegraba los corazones en las tardes, a la hora de las oraciones. Eran insistentes y nerviosos repiques que anunciaban algo malo. Inmediatamente se reunieron los vecinos trayendo sus armas y caballos.
Bazán los arengó: si no se los detenía ya, la vida de la ciudad peligraba; había que jugarse el todo por el todo, era cuestión de matar o morir. Había que encomendarse a Dios y actuar. Parte de los hombres quedaron a custodiar la ciudad; veintitrés salieron para desbaratar el próximo ataque.  Cruzaron el río Salado, más crecido que nunca por las lluvias del verano; salieron al llano al galope, con el estandarte real al viento, portando picas, espadas y arcabuces, y las imprescindibles hierbas antídotos contra las flechas envenenadas. Cada español iba acompañado por un batallón de indios de su encomienda que lo seguían con la marcha característica de los juríes, mezcla de trote y carrera que podían mantener por horas sin cansarse. Llegaron  al lugar donde estaban los rebeldes;  Juan Gregorio Bazán al frente de la hueste, al grito de ¡¡Santiago y a ellos!! acometió, seguido por sus hombres que repitieron el grito en un solo bramido. La batalla fue larga y terrible. Por fin se los venció y se los trajo de paz. El Capitán, con buen criterio, pobló en sus asientos y los repartió en encomiendas entre los hombres que no habían recibido retribución alguna por la conquista, tratando de ser cuidadosamente justo. De ese modo la jurisdicción de Santiago se amplió. Todavía quedaban muchas tribus levantiscas, por lo que la ciudad siempre corría peligro de un ataque inesperado y debía estar alerta.
Al regreso, la entrada fue triste, pues traían los muertos para ser sepultados. Hubo muchas lágrimas y congoja.
Bazán no podía olvidar los últimos momentos de esos cristianos que clamaban por un padre que les ayudara a arreglar sus cuentas con Dios antes de entregarle su alma. Cavilaba con mucha tristeza, debía resolver también este problema.
Los vecinos en sus oraciones, puestos de rodillas sobre el suelo de tierra,  suplicaban a Dios que les enviara un sacerdote para que les administrara los sacramentos, y para que la presencia Eucarística protegiera a su ciudad que tantos embates sufría.
Aún quedaban muchas tribus levantiscas, por lo que siempre se corría el peligro de un ataque inesperado y había que estar alerta.
Jaimes Freire comenta los relatos de Hernán Mejía Miraval -uno de los hombres más grandes de la conquista-,  citado por Vicente Sierra; dice así:
“... sobrellevaban con entereza todas las penalidades, todos los peligros, todos los desencantos que les ofrecía la pobreza de la tierra; pero no podían resignarse a la falta de auxilios espirituales.... Era conmovedor el espectáculo de esos hombres de hierro, que a la hora de las devociones se reunían en la pequeña iglesia, rezaban el rosario y salían en procesión con cirios encendidos, cantando salmos y letanías... llegaban hasta una ermita donde decían oraciones en voz alta. Volvían rezando y entonando himnos.
En tal situación, próximo quizá el abandono de Santiago, algunos capitanes valerosos fueron a buscar sacerdotes a Chile. Era una empresa heroica. Distancias larguísimas, tierras fragosas, altas cordilleras nevadas y el país poblado de bárbaros. Es justo consignar los nombres de estos extraordinarios soldados. Llamábanse Bartolomé de Mansilla, Hernán Mejía de Mirabal, Nicolás de Garnica, Pedro de Cáceres y Rodrigo de Quiroga.”
Pocos meses después regresaban tres de ellos con algunos chilenos y el Padre Juan Cedrón, que había sido capellán en la gran entrada de Diego de Rojas.
El júbilo de los vecinos era indecible; armaron arcos de ramas en la calle para que pasara el sacerdote. La Iglesia era chica para albergar  a todos cuando dio la primera Misa. Es que la población se había duplicado...
El Padre no tuvo descanso desde que llegó: bautizaba a las indias que vivían con los españoles, luego a los niños que habían nacido; casaba a las parejas, escuchaba largas y sentidas confesiones. Adoctrinaba, enseñaba, corregía, amonestaba, aconsejaba. Celebraba la Santa Misa y daba la Comunión.

Poco tiempo hacía que habían decidido tomar el toro por las astas y hacerle frente a la pobreza de un modo nuevo: proponían comerciar con Potosí los tesoros que les proporcionaban los campos vírgenes: miel de sabores variados, cera excelente para fabricar velas, cochinilla de los más puros colores púrpura y añil; los usarían como moneda de la tierra. Así lo resolvieron y algunos vecinos con sus indios encomendados comenzaron la recolección. Los resultados serían los que Dios dispusiera, pero había que intentarlo. Y lo hicieron. Algunos meses después, su regreso fue un acontecimiento inolvidable! Traían variedad de plantas y semillas, ovejas, vacas y dos toros; eran los primeros en Santiago. El revuelo y el júbilo general le dieron vida nueva al pueblo; todos se agolpaban en las puertas del Cabildo para oír los relatos. El viaje fue durísimo, pero valió la pena, y resolvieron perseverar en el intento.
Y el Padre Cedrón tuvo mayor tarea: bendecir las siembras y las cosechas, y las crías que colmaban los corrales.

A partir de aquellos dos memorables viajes ocurridos en 1556, todo comenzó a mejorar y la alegría tintineaba en los corazones santiagueños. La variedad de animales y vegetales ponían colores nuevos en los campos; los capullos del algodón suavizaban las asperezas sufridas y el trigo dorado mitigaba el hambre.
La buena esperanza iluminó el alma de esta sociedad nueva que se formaba con los primeros pobladores de nuestra patria. La fe heroica que los sostuvo, brilló también en los ojos de sus hijos nacidos en Santiago del Estero. Es la fe que por gracia de Dios heredamos los argentinos; que está presente en las tradiciones y en la vida diaria de las familias; se manifiesta multitudinariamente en las celebraciones pascuales, de la navidad, en Luján, Itatí, del Valle, del Milagro, del Rosario, en el Tincunaco, en cada fiesta patronal en las ciudades y hasta en el más pequeño y recóndito pueblito,  en las  celebraciones familiares o patrióticas.
Es justicia resaltar que los españoles hicieron algo mucho más difícil y poco frecuente en la historia de los pueblos conquistadores: no solamente poblaron sino que se fusionaron con los nativos dando origen a lo que somos hoy en esta parte de América.

IV) LA  TRAGEDIA  DE  SIANCAS
El hecho había ocurrido  “...un viernes, después de la festividad de Nuestra Señora de Agosto”, como dice la probanza de Juan Gregorio Bazán.
Este magnífico hombre había venido a América veinte años antes que su mujer Catalina y su hija María, que habían quedado en Talavera de la Reina, en el Viejo Mundo, a la espera de su llamado. En 1569 pudieron viajar para reunirse con el; la familia contaba ya con el marido de María y cuatro niños pequeños. El viejo Conquistador los buscó en Lima para traerlos a Santiago del Estero donde estaba establecido. Venía con ellos un jovencito negro, Francisco Congo.
Podemos imaginar la emoción del encuentro, la ternura de los nietos, los preparativos para el traslado, la ilusión de estar juntos y emprender una nueva vida.
Cuentan los testigos declarantes en las probanzas de méritos del conquistador, que para el traslado llevaban quince animales cargados con equipaje y mercaderías de Castilla, más lo que compraron en Potosí, varios acompañantes y hacienda. Todo fue normal hasta llegar al río Siancas. Un brutal ataque de indios belicosos desbarató todos los planes.  Juan Gregorio, experimentado en estas lides, se dio cuenta en seguida  de lo que tenía que hacer: puso a salvo al mayor de los nietos con un indio yanacona y a Pedro de Balbuena que pedirían  auxilio en Esteco, el pueblo mas cercano; montó a la pequeñita Francisca con el joven negro, y animó las cabalgaduras de las mujeres y los niños con la consigna de ¡correr! ¡y no detenerse por nada!   Y los encomendó a Dios.
Juan Gregorio y su yerno pelearon fiero,  sus acompañantes indios y españoles, también. Todos quedaron tendidos sobre el arenal.
Los salteadores se llevaron cuanto les interesó, principalmente mulas y caballos, que eran muchos.  Algunas cosas quedaron tiradas: telas de seda flameando enredadas en los montes espinudos, objetos de plata rodando entre los cuerpos sin vida...
Las mujeres, Francisco Congo y los niños, aterrados, corrían sin saber a donde iban! Un grupo de indios flecheros los seguían, pero no se acercaban, algo los detenía. Así anduvieron cuatro días; extrañamente sus perseguidores se retiraron, sin hacerles daño.  Todo el tiempo veían un caballero montado en un caballo blanco que galopaba delante de ellos, guiándolos.
En su declaración para las probanzas de Bazan, Francisco Congo -el joven negro- deja constancia que él “...es el que vino (con) las dichas mugeres e sus hijos dende el dicho desbarate hasta la ciudad de talauera huyendo de los indios sin traer que comer ni bestir mas de lo que trayan encima en solo sus cauallos  y mulas... esperecidos de hambre que ya no bian sustentándose solo de yeruas y cardones del campo...siempre vio este testigo e las dichas mujeres un hombre cauallero en un cauallo blanco que no conocían quien era e siempre entendían quera un pedro gomez de balbuena que havia escapado del dicho desvarate....que solia veuir en un cauallo rucio (blanco)...le iban dando vozes...diciéndole aguarde señor pedro gomes esperenos y socorranos...yba siempre adelante como un tiro de arcabuz que no le podían conocer bien... ESTE TESTIGO ENTIENDE QUE ERA EL BIEN AUENTURADO SANTIAGO...A QUIEN TOMO POR SU ABOGADO, y le llamaua por horas y momentos que le favoreciesse sacándole de aquel temerario peligro...y asi lo tiene por cosa cierta porque pedro gomez.....en breve tiempo se hauian puesto en la ciudad de talauera....asimismo se encomendaban las dichas mugeres con grandísima devoción...” (Información de los méritos y servicios del Capitán Juan Gregorio Bazán, Santiago del Estero, 1585-1589. p. 280)
Quince días tardaron en encontrarse con quienes venían en su auxilio desde Talavera. ENTONCES, EL JINETE DEL CABALLO RUCIO DESAPARECIÓ. Se quedaron en Esteco el tiempo necesario para reponer fuerzas,  luego se afincaron en Santiago del Estero en los bienes que fueron ganados por don Juan Gregorio Bazán.
La familia continuó  en una larga y fructífera descendencia, gran parte de ella en La Rioja.
Otra vez la intervención de la Providencia  ayudando a los cristianos, como tantas veces en la historia de América. La lucha por la vida y  por la subsistencia, fue tremenda,  apoyándose siempre en la Fe que fortalece, que anima, que le va ganando terreno a la impiedad y al paganismo, con esfuerzo, sacrificio y sufrimiento.  Nada fue fácil ni simple. Todo el quehacer de aquellos hombres y mujeres tuvo una nota de arrojo y de coraje, como tuvo también luces y sombras.
NADA MAS.

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