viernes, 2 de octubre de 2020

LA GESTA DE ISABEL LA CATOLICA - Cap. V - La unión amenazada

 



LA UNIÓN AMENAZADA


M

inutos después se hacía presente el Arzobispo Carrillo “bardé de fer” –según la gráfica expresión francesa-, todo cubierto del hierro de su armadura toledana.

Era una extraña mezcla de sacerdote y soldado, guerrero y hombre de corte, que buscaba los favores reales para distribuirlos entre sus partidarios. A pesar de sus grandes recursos andaba pobre por estos menesteres; se había demorado por la dificultad en reunir fondos para pagar a los soldados.

Isabel recorrió veinte leguas a caballo en su compañía hasta Valladolid. El Arzobispo consideraba que, a pesar de las aclamaciones de la población, las fuerzas no bastaban para defender a doña Isabel de su medio hermano, el Rey Enrique, a menos que el príncipe Fernando cruzara desde Aragón por tierras de los Mendoza, adictos al rey, a formalizar el casamiento. Esto, llegado el caso, le permitiría a la Princesa huir a dicho reino.

El Príncipe Fernando les  hizo decir que intentaría pasar sin ser notado. Poco después salía disfrazado de arriero con una pequeña caravana de mercaderes, lo más de prisa que las mulas y burros cargados lo permitían, andando de noche por caminos solitarios.

Poco acostumbrado a su disfraz y preocupado por la situación, don Fernando se impacientaba. Luego de cruzar la zona peligrosa llegó al Burgo de Osma. Confundidos con una tropa de ladrones les arrojaron piedras. “¿Queréis matarme, locos? –gritó- ¡soy don Fernando, dejadme entrar!”, para gran apuro del alcaide del castillo, que al día siguiente lo acompañó al palacio de Juan de Vivero a encontrarse con doña Isabel.

La Princesa tenía dieciocho años, era de cuerpo robusto y de finas proporciones, graciosa y distinguida, de rasgos puros, gestos bellos y armoniosos, voz clara, suave y musical. Era prima segunda de Fernando quien, como ella, descendía de Juan de Gante, de la casa de Lancaster.

 


 El Príncipe parecía tener más que sus diecisiete años reales. Su frente ancha denotaba tendencia a la calvicie, y sus ojos eran penetrantes bajo las cejas pobladas. Sencillo, sobrio y dueño de sí mismo, era siempre el príncipe. Su sonrisa era agradable, su voz dura y autoritaria, aunque sabía caer bien cuando se lo proponía. Isabel lo amó desde el primer momento.

Al día siguiente le escribió al Rey Enrique anunciándole su intención de casarse con Fernando, pidiéndole su bendición. Estaba decidida a dar el paso pero prefería hacerlo con consentimiento. Había un obstáculo más serio, la necesidad de dispensa. El padre de don Fernando había hecho confeccionar un breve de dispensa. Esto calmó los escrúpulos de la Princesa, que ignoraba que no era auténtico, por lo que más tarde, al enterarse, no descansó hasta obtenerla. El Arzobispo celebró el matrimonio seis días después.

Para proteger el Reino castellano de una eventual agresión aragonesa, Isabel insistió en que Fernando jurase formalmente respetar todas las leyes y costumbres de Castilla, fijar allí su residencia y no abandonarla sin su consentimiento; no hacer nombramientos sin su aprobación, dejar en manos de ella  los de eclesiásticos, continuar la guerra santa contra los moros de Granada, proveer lo necesario a su madre, en Arévalo, y tratar al Rey Enrique con respeto y devoción como legal gobernante de Castilla.

Todas las ordenanzas reales debían ser firmadas conjuntamente por Isabel y Fernando, y si Isabel sucedía a Enrique, ella sería la indiscutida soberana de Castilla, usando Fernando, por cortesía, el título de Rey.

Era característico del recto y lúcido entendimiento de Isabel dejar claramente establecidas las cosas desde el principio con estas murallas protectoras de los fueros castellanos y los suyos propios. Más aún en tiempos en que el maquiavelismo se insinuaba en la vida política de los reinos cristianos.

Si nuestras ciudades del Tucumán del siglo XVI y sus jurisdicciones, y otras ciudades históricas argentinas que ahora son “del interior”, se hubiesen inspirado en el ejemplo de esta Reina firme y vigilante, y defendido así su autonomía, no habrían sido asfixiadas por el centralismo que se abatió desde temprano en nuestro país.

No por el afecto que los unía dejaban de ser muy diferentes. Isabel tenía mejor educación, un espíritu más elevado y magnánimo y convicciones sólidas. Detestaba a los libertinos, charlatanes, bribones, adivinos, acróbatas “y otros vulgares fulleros”.

Le gustaba la poesía y la música, la equitación y la caza, y la conversación elevada. Los dos tenían mucha fe, lo que les servía para allanar las diferencias. Ella asistía a misa diariamente y rezaba oraciones especiales, aparte de “muchas privadas y extraordinarias devociones”.

El Rey Enrique IV de Castilla no envió su consentimiento y la trató de rebelde, rompiendo el tratado de Toros de Guisando. Al año, su hermana dio a luz la primera hija, que se llamó, como ella, Isabel. Poco después tomó la pluma ofreciéndole a su medio hermano nuevamente su lealtad, pero esta vez con una advertencia: le manifestaba que, si persistía tratándola como enemiga, tomaría todas las medidas que creyera convenientes, apelando a la justicia de Dios.

Este gesto guarda afinidad con otros que ya hemos comentado. Muestra a una princesa que vivía en la presencia de Dios; que cuidaba hasta los últimos detalles importantes de la realidad, poniéndola en el horizonte de la Justicia divina. No aceptaba la visión humanista, antecesora de la liberal que, como esos indiferentes de los que habla el Profeta Sofonías dicen: “Dios no hace bien ni hace mal”... . Bien creía ella en la intervención de Dios en la historia.

Enrique resolvió hacer la guerra a los príncipes, prometiendo su hija, la Beltraneja, al Duque de Guyenne para atraerse la alianza del poderoso Luis XI de Francia, con el apoyo del Papa Paulo II (decisión política obviamente situada fuera del campo de alcance de la infalibilidad pontificia que, conforme a la doctrina católica, abarca únicamente a las definiciones doctrinales universales en materia de fe y moral).

El reino de Castilla se hallaba en caos durante aquel duro invierno. Los caminos infestados de ladrones, la moneda desvalorizada, la población presa de hambre y necesidades y las campanas doblando por los muertos de la peste.

La primavera trajo, junto con la sonrisa de la naturaleza, un vuelco providencial. Dos provincias se pronunciaron a favor de Isabel. Aranda de Duero la aclamó como soberana. El Duque de Guyenne murió repentinamente rompiéndose la estratégica alianza francesa. En el verano de 1471 también llegó la noticia de la muerte de Pablo II. Los ojos de Isabel se fijaron con esperanza en la ascensión de Sixto IV, un sabio y devoto franciscano.

La Providencia parecía intervenir a su favor...

Luis María Mesquita Errea

SIGUE EN CAP. VI




 

 

 

 

 

 

jueves, 1 de octubre de 2020

LA GESTA DE ISABEL LA CATOLICA - Cap. IV - "¡Dios no lo ha de permitir!"

 




CAPITULO IV

 

“¡DIOS NO LO HA DE PERMITIR...!”

 

L

os caminos próximos a Villarreal ven pasar una comitiva a pendones desplegados que indicaban la presencia de algún personaje importante. Era don Pedro Girón, impacientado porque se hacía la noche y quería llegar a su destino. Lo esperaba, pensaba él, una real novia que abriría las puertas de un altísimo porvenir al descendiente de Ruy Capón.

Gran Maestre de Calatrava, una de las gloriosas milicias ecuestres de España, parecía estar a cubierto de las contrariedades del común de los mortales. Mas aquella noche se enfermó gravemente. Pareció como que una mano invisible lo fuera estrangulando por momentos. Finalmente, se enteró que su mal no tenía cura y le ofrecieron el remedio de las horas supremas que abre las puertas de la felicidad eterna.

Al ofrecérsele un sacerdote que le diese los Sacramentos dejó de fingirse cristiano y rehusó recibirlos o rezar. Tres días después de su partida moría Pedro Girón, blasfemando contra Dios por rehusarle unos días más para
disfrutar de sus frustradas bodas reales. No omitió disponer de sus bienes, que dejó en herencia a los hijos bastardos que tenía.

“Doña Isabel recibió la noticia de su muerte con lágrimas de alegría y gratitud, y se dirigió apresuradamente a la capilla para dar gracias a Dios”. No era para menos en aquella a quien Dios llamaba a ser “la Católica”, la Madre de un Nuevo Mundo que nacería a la Fe gracias a ella –como instrumento de altos designios providenciales-, a quien se pretendía unir en matrimonio con un pérfido enemigo de la fe.

Al rey Enrique y al hermano del muerto la noticia les cayó como rayo. Villena abandonó al rey y se pasó nuevamente al campo de quienes le resistían. Este, que contaba con fuerzas numerosas, se dispuso esta vez a luchar.

Verano de 1467. El reino de Castilla se encontraba en estado lamentable con asaltos, incendios y asesinatos diarios. En Toledo guerreaban los “marranos” o conversos dudosos y los cristianos. Los judíos habían adquirido los derechos sobre el impuesto al pan, que aquejaba a los pobres.

Los marranos atacaron a los cristianos viejos en la Catedral; la sangre corrió a torrentes en el lugar sagrado. De los pueblos vecinos vinieron refuerzos para los cristianos y los cabecillas marranos fueron colgados de la horca.

En esas horas turbulentas y confusas llegaba a Toledo el Príncipe Alfonso, de catorce años, con Villena y el Arzobispo Carrillo. Los cristianos viejos le ofrecieron su apoyo a cambio de aprobar la matanza y otras medidas que pensaban tomar contra los conversos, pero el Príncipe les negó su aprobación:

“Dios no querrá que yo apruebe tal injusticia –dijo decididamente. Aunque ame el poder, no deseo comprarlo a tal precio”.

El Marqués de Villena trataba de aumentar su influencia sobre el pretendiente.

¡Cuántas veces en la historia, “Villenas” de toda laya se ubicarían junto a altos personajes de la Cristiandad! Sería interesante investigar el rol de los Necker, los Aranda, los Godoy y tantos otros en las horas cruciales de las grandes decisiones o de las grandes crisis, torciendo el rumbo hacia el abismo.

Ambos ejércitos se enfrentaron. El Príncipe Alfonso, el Arzobispo y su enemigo, don Beltrán de la Cueva, demostraron su coraje de varias maneras en esa triste batalla cuya victoria se adjudicaron ambos bandos. Isabel permanecía en Segovia con la reina Juana y la Beltraneja. Repentinamente, su hermano se enfermó. Cuando llegó la princesa, lo halló muerto. No hay certeza sobre las causas.
Después del funeral se retiró al convento cisterciense de Santa Ana. El Arzobispo Carrillo le ofreció la adhesión de los rebeldes y apoyo para su pretensión al trono de Castilla contra el rey Enrique. Contestó que su hermano era el legítimo rey por haber recibido el cetro de su padre, Juan II, y que nunca intentaría llegar al trono por medios ilegítimos, no fuera que, haciéndolo, perdiera la gracia y la bendición de Dios. A los ruegos de Carrillo respondió con suave pero firme negativa.
Hay en esto un estilo y un perfume que atraen.

Faltos de un príncipe por cuyos derechos luchar, los caballeros debieron envainar momentáneamente la espada. Los términos del Tratado de Toros de Guisando, que firmaron con el Rey,  resultaron muy favorables para Isabel, pues su real hermano la reconocía como heredera, comprometiéndose a convocar
las Cortes para ratificar el título y a no casarla sin su consentimiento. Después de firmar el acuerdo la abrazó afectuosamente y los bravos nobles se adelantaron a besar su mano.

Pero pronto se vio que, instigado por el impenitente Villena, estaba haciendo un doble juego. Disolvió las Cortes sin ratificar el tratado y dispuso casar a la princesa con Alfonso V, quien envió una embajada encabezada por el Arzobispo de Lisboa para obtener el consentimiento de doña Isabel.

La princesa tenía ahora tres pretendientes, contando al Duque de Guyenne, hermano de Luis XI de Francia, y al príncipe Fernando de Aragón, a quien había sido prometida en su niñez. Secretamente envió a su capellán a París y a Zaragoza para que los observara de cerca. El informe fue que el francés
era débil y afeminado –no parecía de la raza de San Luis- y que don Fernando era proporcionado, de rostro bien compuesto, ojos rientes y buena
complexión.
La opción era evidente y el Arzobispo la apoyó, previendo que el casamiento con Fernando haría de los grandes reinos de Castilla y Aragón una nación poderosa. Esto bastaba para que el rey Enrique se opusiera. Isabel dilató las cosas prudentemente, obligando a Enrique a pedir a Roma una dispensa para el proyectado casamiento con el rey Alfonso de Portugal. Aplicaba el precepto evangélico de ser inocente como la paloma pero también astuta como la serpiente, aunque sin su malicia.

Enterado el rey por Villena de estas maniobras defensivas, ordenó el arresto de su hermana.

Pero había un pueblo... que enterado de la orden se opuso armas en mano.
Hasta los niños tomaron parte en la manifestación popular, enarbolando los pendones de Castilla y Aragón, entonando cantos por Isabel y Fernando.
Isabel se dirigió a Madrigal de las Altas Torres, el pueblo de nombre musical que la viera nacer. Esperaba mensajeros. Las noticias no eran buenas. Fernando estaba complicado con rebeliones de catalanes alentados por Luis XI y no podía dejar el reino. Pero había firmado su compromiso matrimonial y enviado como dote y prueba un collar bellísimo de perlas y
rubíes, que junto con otros fondos hacía unos 50 mil florines de oro.
Ante la insistencia de los mensajeros de don Alfonso V, respondía con evasivas que revelaban un designio firme y una gran Fe. Les decía que:
“Antes que nada, debo rogar a Dios en todos mis negocios, especialmente en éste..., que muestre su voluntad y me haga seguir aquello que sea en su servicio y bien de estos reinos”.

La voluntad de Dios sobre la princesa y el reino, la clave de una monarquía cristiana...
Villena, enterado por sus espías del compromiso y de las características del collar, estaba furioso de frustración y envidia, que contagió al rey. Salen fuerzas de caballería para intentar una vez más arrestar a la princesa.
Isabel esperó, envuelta en preocupaciones angustiosas. No sabía dónde estaba el aguerrido Arzobispo que le prometiera protección. Se oyeron gritos, corridas y sonido de cascos de caballos en el empedrado. La princesa se puso de rodillas y comenzó a rezar.

Luis María Mesquita Errea

 SIGUE EN CAP. V


 

 

 



LA GESTA DE ISABEL LA CATOLICA - Cap. III - Resistencia heroica al ambiente - Reacciones y una terrible encrucijada

 

CAPITULO III

 

RESISTENCIA HEROICA AL AMBIENTE, REACCIONES Y UNA TERRIBLE ENCRUCIJADA

 

 

A

zorado, el buen pueblo de Madrid veía pasar una bulliciosa tropa de damiselas de la Corte, que dejaban mucho que desear en vestimenta y actitud. La ciudad vivía una fiebre renacentista de bailes, torneos, espectáculos, comedias, corridas de toros, intrigas y escándalos. Los pobres niños Isabel y Alfonso venían del ambiente austero de Arévalo a encontrarse en medio de una atmósfera de blasfemias y situaciones indecorosas.

Por una protección especial de la Virgen, vivieron en ese medio sin contaminarse y “salieron de ella con un odio, para toda su vida, contra la inmoralidad reinante y sus causas, entre las cuales reconocían la influencia de los moros y judíos”.

Odio y resistencia al mal y al pecado, virtud olvidada...

La reina Juana tuvo la audacia de instar a su joven cuñada a participar del libertinaje de la corte; la princesa, golpeada por la propuesta, rompió a llorar con su hermano Alfonso. Este, que tenía sólo catorce años, se dirigió resueltamente a la reina y le prohibió que en lo sucesivo causara daño alguna a su hermana. Después increpó a algunas damas de compañía, amenazándolas de muerte si en adelante intentaban corromperla.

Ambos hermanos se querían tiernamente “porque se habían criado juntos y juntos se habían educado en el horror y condenación de las costumbres de aquella Corte podrida” (José María Pemán, de la Real Academia Española, “La Historia de España contada con sencillez”, Escelicer SA, cap. XVI, p. 152).

En otros aspectos, la educación de los niños estaba siendo acorde con su situación, pero a don Alfonso le dieron un preceptor, que realizó sin éxito esfuerzos para corromperlo.

Nobles y pueblo empezaron a vislumbrar la posibilidad de oponer ambos príncipes a la Beltraneja ilegítima. La situación del rey se complicó pues removió al príncipe Alfonso del cargo de gran maestre de la Orden de Santiago, reemplazándolo por don Beltrán, a pesar de no ser príncipe. A Villena también le molestó, pues quería ese honor para él mismo, enojo que creció al enterarse de las tratativas para casar a doña Isabel con el rey Alfonso V de Portugal. Este rey se quedó tan prendado de ella que le ofreció a la princesa castellana de doce años ser reina de Portugal.

Isabel le agradeció el honor pero le contestó hábilmente que, de acuerdo a las leyes castellanas y el mandato que le diera en vida el rey su padre, no podía contraer matrimonio sin la aprobación de los tres estados castellanos reunidos en cortes. Una elocuente muestra de que el estado medieval estamental y orgánico aún estaba vigente.

A la vuelta a Madrid, dolorosa sorpresa: su hermano había sido secuestrado por el rey y encerrado en el Alcázar, interrumpiéndose toda comunicación entre ambos. Don Alfonso se las ingenió para pedir ayuda al Arzobispo de Toledo, hombre de su época, más guerrero que sacerdote.

El arzobispo encabezó un grupo de nobles y guerreros dirigiéndole al rey sus memorables “representaciones” públicas, censurándolo por su conducta y sus blasfemos compañeros, reprochándoles “pecados...que son ... mancha de locura en la naturaleza humana”, causando “la ruina de los reinos”, como violaciones de la guardia mora no sólo a mujeres sino aún a hombres.

Acusaban al rey de “haber destruido la prosperidad de las clases trabajadoras cristianas al permitir a moros y judíos explotarlas”, dañar la justicia y el gobierno y permitir que quedaran sin castigo horrendos crímenes; y de haber “corrompido a la Iglesia al remover de sus sedes a buenos obispos, reemplazándolos por hipócritas y políticos”. Denunciaban la influencia del favorito Beltrán y abiertamente le decían al monarca:

“Doña Juana, la que llaman la princesa, no es vuestra hija”. Finalmente acusaban a don Beltrán de tramar el asesinato de doña Isabel y don Alfonso para asegurar la ascensión al trono de su hija, la Beltraneja.

Admirable esta viril reacción de la Nobleza española. Veamos lo que pasó...

La reacción dividió los campos pero no faltaron aquellos que ponían la legitimidad formal del Rey por encima del derecho de Dios y del reino a que se pusiera fin a semejantes desórdenes. Lamentablemente, entre éstos se contaba el anciano Obispo de Cuenca, que incitaba a la guerra contra los resistentes.

Como el Rey era pacifista, recurrió a los buenos oficios del intrigante Marqués de Villena, promovido al  puesto clave de mediador.

La fuerza de la reacción se plasmó en el Acuerdo de Medina del Campo: Enrique repudiaba virtualmente a la Beltraneja al reconocer a Alfonso como príncipe de Asturias y legítimo heredero del trono de Castilla,  y se comprometía a confesar sus pecados y recibir la sagrada Comunión.

El Rey confió la custodia del príncipe al Marqués de Villena, dándole así una enorme ventaja. A pesar del acuerdo con Enrique IV, el Marqués, el Arzobispo Carrillo y el Almirante de Castilla proclamaron a don Alfonso rey de Castilla. Para ello se dirigieron hacia Avila, donde el pueblo los seguía en caravana gritando “¡Larga vida tenga el rey Alfonso!”.

En una vega se había instalado un trono con una efigie de trapo del rey Enrique IV, con corona, cetro y la gran espada de la justicia real. Luego de la misa, se le quitó la corona y las insignias y se hizo rodar el maniquí por el suelo. El príncipe Alfonso fue conducido al trono y coronado rey de Castilla.

El hecho provocó una reacción a favor del desgraciado rey, que se lamentaba entonando tristes canciones bíblicas. El pueblo, que veneraba la Monarquía, se sintió chocado. Villena aprovechó la coyuntura para ofrecer sus servicios y formular una propuesta maquiavélica: que el rey desterrara a don Beltrán y casara a la princesa Isabel con su hermano, el Marqués Pedro Girón; él se encargaría de custodiar al Príncipe Alfonso.

“El rey escuchó fríamente esta propuesta del marrano (nota: converso dudoso de origen judío) de pésima reputación que quería unirse a la realeza castellana, y dio su consentimiento”.

En años anteriores se habían tejido proyectos de casamiento para la joven Isabel: Fernando de Aragón, Carlos de Viana, Alfonso V de Portugal, el futuro Ricardo III de Inglaterra, príncipes de sangre real, con cualidades reconocidas, todo lo cual le faltaba al pretendiente Girón.

Se da ahora uno de los hechos significativos de su vida.

Afligida y alarmada, desprovista de todo auxilio humano, recurrió Isabel a la ayuda de Dios, empuñando la palanca de la oración. Se encerró en su cuarto, ayunando tres días. Tres días con sus noches los pasó de rodillas ante el crucifijo, “suplicando fervorosamente a Dios que le mandara la muerte a ella o a don Pedro Girón”.

Su amiga Beatriz de Bobadilla, blandiendo una daga, proclamó que antes mataría a don Pedro que permitir el casamiento:

“¡Dios no lo ha de permitir, ni tampoco yo!”

Luis María Mesquita Errea

SIGUE EN CAP. IV

 


 


LA GESTA DE ISABEL LA CATOLICA - Cap. II - Planes en torno de Isabel

 

CAPITULO II

 

PLANES EN TORNO DE ISABEL

 

E


n su aislamiento de Arévalo, la princesa Isabel era considerada como una pieza de ajedrez en la política de Europa por el marqués de Villena, virtual soberano de Castilla. El poderoso advenedizo no buscaba favorecer los intereses del reino sino los propios.

El Rey Enrique se había casado por primera vez a los 14 años con la gentil princesa Blanca, hija de Juan de Aragón, matrimonio que debió ser anulado por impotencia. En 1455, buscando Villena alianza -por conveniencias personales- con Portugal,  llegó de allí a Córdoba una encantadora princesa, ocurrente y vivaz: doña Juana, hermana del rico y caballeresco rey Alfonso V.

Le tocó a la nueva reina llevar una vida desgraciada con su disoluto marido. Lo hacía con gran paciencia, hasta que empezó a cortejar a ojos vistas a doña Guiomar de Castro. Esto fue demasiado. Un buen día le pegó en la cara con el abanico ante toda la corte y el rey tuvo que sacarla de allí.

Tenía otra amante a la que puso de abadesa del convento de San Pedro de las Dueñas, de Toledo, intentando que esta mujer de mala fama hiciera una reforma en una venerable comunidad monástica. Estos hechos son propios de la crisis que vivía la Cristiandad, en un tiempo que continuaba el “mal siglo” al que se refiere Pemán. En vastos sectores de sociedad europea se gestaba una ruptura profunda con la tradición cristiana.

 El Arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, primado de España, reprochó al rey su vida y sus escándalos. Enrique, en respuesta, se burló de él y de las ceremonias de la Iglesia. El prelado favoreció entonces a un grupo de nobles que se unían para librarse de la tiranía del marqués de Villena. Su jefe, don Fadrique Enríquez,  Almirante de Castilla, era intrépido  y su prestigio de grande había aumentado por el casamiento de su hija Juana Enríquez con el rey Juan de Aragón. Vemos así que un sector ponderable de la Nobleza española cumplía su misión específica de luchar por el bien común de la sociedad.

Villena intentó ganarse a un hijo del rey de Aragón, el príncipe Carlos de Viana,  con la promesa de darle en matrimonio a la princesa Isabel. Esto contrariaba los planes de doña Juana Enríquez, cuyo gran proyecto era que la princesa se casara con su hijo Fernando de Aragón.

Los reyes intentaron encerrar al príncipe Carlos por un tiempo para evitar peligrosas facciones, pero era tan querido que los catalanes obligaron al rey a ponerlo en libertad. La fuerza del pueblo, en la sociedad medieval que decaía, era muy grande, y se hacía sentir en los acontecimientos, aparte de estar representado en las Cortes. Como enseña Pio XII, el pueblo vive de su propia savia y tradiciones. El absolutismo, que con el tiempo destruiría la sociedad orgánica, recién comenzaba a insinuarse con desigual poder sobre los diversos estamentos.

Padre e hijo se reconciliaron;  pero al tiempo el príncipe murió, despertando sospechas que nunca se comprobaron. También murieron sus dos hermanas, lo que dejó libre el camino al pequeño príncipe Fernando de Aragón. Su padre, el anciano rey aragonés, para hacer frente a la oposición, pidió ayuda a Luis XI de Francia quien, en garantía del préstamo que le hizo, le exigió Cerdaña (en los Pirineos) y Rosellón, futura manzana de la discordia.

En Castilla, el rey Enrique, que se estaba sintiendo perdido, recuperó sus fuerzas. Así las cosas, su preciosa mujer dio a luz una niña, en circunstancias que provocaron murmuraciones.

Pues se decía que el favorito del rey, Beltrán de la Cueva, que aparecía frecuentemente en público con los reyes,  había ganado el afecto de la reina. Era un típico caballero de los tiempos renacentistas, de buen aspecto y diestro con las armas, pero no para servir a Dios, como un cruzado, sino para el goce egoísta de la vida: estaba siempre pronto para un lance de amor. Actuaba en palacio como irascible dueño y señor. Este tipo de caballeros ampulosos, sensuales, exhibicionistas y temperamentales contribuyeron poderosamente al desprestigio de la Nobleza, clase llamada a prestar un tan alto servicio a la Iglesia y la Cristiandad que un Papa lo calificó de “sacerdocio de la Nobleza” (cf. Plinio Corrêa de Oliveira, “Nobleza y Elites tradicionales análogas”, Ed. Fernando III el Santo, Madrid).

Un día cerró el camino a los propios reyes; había instalado un “campo de honor”, y desafiaba al caballero que pasara a combatir con él una justa o pasar por cobarde. Lo hacía, según sus dichos,  para homenajear a su dama.  El rey dispuso que en conmemoración del hecho se edificara allí el monasterio de San Jerónimo del Paso (de Armas). El desprestigio del rey iba en aumento pues se calculaba que la dama en cuestión no era otra que la reina.

Después de seis años de esterilidad, ésta dio a luz una niña que llevó su propio nombre, Juana (marzo de 1462). Los cortesanos la llamaban la Beltraneja (hija de Beltrán).

El bautismo se hizo con la pompa y magnificencia acostumbradas. El marqués de Villena y la princesa Isabel –grave y resuelta niña de 11 años- fueron los padrinos. Las Cortes fueron convocadas; luego que los representantes de diecisiete ciudades prestaron el juramento de fidelidad como heredera del trono de Castilla, Isabel fue la primera en besar la mano de la pequeña princesa.

Pasados estos serios acontecimientos  volvió al Castillo de Arévalo, a continuar su educación junto a Beatriz de Bobadilla, ejercitándose en montar bien a caballo y aprendiendo a cazar liebres y jabalíes. Por entonces tuvo la gracia de hacer su primera comunión; como su madre, era una princesa fervorosa y católica sincera.

Su vida parecía encaminada a una existencia calma, sin grandes horizontes. Pero poco después, una bomba vino a turbarla: un mensaje del rey le ordenaba a la reina viuda que enviara a la princesa Isabel y a su hermano, el príncipe Alfonso, a la corte, para educarlos bajo su cuidado personal.

La Reina, madre de Isabel, sabía que la corte era pésima, con el rey y sus amigos, y la guardia mora, responsable de desórdenes y aun de violaciones de mujeres y niñas. “Los vicios anormales de los moros y los del mismo rey y de algunos de sus cortesanos, eran objeto de comentarios públicos. Ninguna madre podía desear que su hija viviera en tan execrable compañía. Con todo, la autoridad real era absoluta”.

Los príncipes abandonaron con tristeza a su madre y en ese estado de ánimo cabalgaron por el camino de Madrid, en dirección forzada a la Corte.

Luis María Mesquita Errea

SIGUE EN CAP. III


 


LA GESTA DE ISABEL LA CATOLICA - Cap. I - La infancia de la Princesa Isabel de Castilla - Un alma refinada, recta y con poesía

 

CAPITULO I

 

LA INFANCIA DE LA PRINCESA ISABEL DE CASTILLA –

UN ALMA REFINADA, RECTA Y CON POESIA

 

La espectacular Princesa cuya vida contaremos en estas notas era de franco tipo norteño, con cabellos de color cobrizo claro, mentón algo acentuado, y en sus ojos azules brillaban verdosas luces con destellos de oro.

A la edad de diez años la acompañaba su fiel amiga, Beatriz de Bobadilla, que la seguiría toda una vida. A esa edad, se enseñaba en Castilla cuáles eran los deberes para con una princesa de sangre real. Isabel vivía con su madre, la reina viuda, en situación económica apremiante, casi olvidada por su medio hermano Enrique IV

La caracterizaba una serena gravedad

, rara en una niña.

Más que hablar, le gustaba escuchar, y cuando hablaba lo hacía con pocas palabras.

A esa edad conservaba una majestuosa prestancia que no sorprendía pues descendía de Alfredo el Grande, Guillermo el Conquistador, los reyes ingleses Plantagenet, San Luis, rey de Francia, y San Fernando, rey de Castilla. No obstante, por razones dinásticas, parecía inverosímil que un día llegara  a ser reina.

De un rey como su medio hermano, Enrique IV, no extraña que ella y su madre carecieran de alimento y vestido, y se vieran obligadas a vivir sin el esplendor que su condición requería.

Isabel hablaba el castellano con armoniosa elegancia  y entre sus estudios se contaban la pintura y la poesía, la historia y la filosofía de Santo Tomás de Aquino, que resultaría preciosa para su vocación de reina.

Bordaba telas de oro y terciopelo, confeccionaba estandartes para su capilla e ilustraba con extraordinaria habilidad los pergaminos. Tenía sentido musical y poético.

En esos cantos y cancioneros que le gustaban a su padre  aprendió la historia épica de sus antepasados cruzados.

Estos elementos constituyen trazos de un conjunto que iba madurando; lo veremos aflorar a su tiempo.

Toda Europa sentía al vivo la amenaza de invasión de los desalmados bárbaros que perturbaron la paz y prosperidad de Occidente durante mil años. Los fanáticos musulmanes habían llegado al Danubio y devastado Grecia, enseñoreados de Constantinopla, la llave de Occidente.

Los pontífices instaban a los cristianos a unirse en defensa de la civilización cristiana, pero la reacción estaba adormecida. Isabel sabía que España se había desangrado más de siete siglos bajo la opresión musulmana. Y que algunos judíos españoles que odiaban a la Cristiandad y deseaban ver destruida su influencia los indujeron a apoderarse de las tierras de los cristianos. La Península fue arrasada por el fuego y la espada del infiel. Unos judíos abrían las puertas de las ciudades al invasor, mientras otros se encontraban en las filas de los ejércitos cristianos.

En los cancioneros tan admirados por ella aprendió a conocer la intervención de la Providencia en la historia de su reino; pues evocaban al caballero apóstol de Cristo, montado en un caballo blanco, que se apareció a los destruidos ejércitos cristianos en Clavijo y los condujo a la victoria sobre las hordas musulmanas. Era Santiago, “el matamoros”, el hombre del sí y del no, que predicó en España el Evangelio, cuyo cuerpo, encontrado milagrosamente, se  venera en Compostela. “Luz y espejo de las Españas”, como rezan las actas fundacionales de La Rioja y Jujuy, los cristianos corrían a la batalla al grito de guerra “¡Por Dios y Santiago!”

El poder político de los musulmanes se concentró en el rico y poderoso reino de Granada. No sólo era una amenaza constante a los reinos de Castilla y Aragón, sino que en cualquier momento podía atraer de Africa nuevas hordas de fanáticos.

Era urgente la necesidad de un rey fuerte que uniera los estados cristianos y finalizara la reconquista. Pero el cetro de San Fernando había caído en manos del medio hermano de Isabel, conocido como Enrique el Impotente.

Su aspecto, afín a sus costumbres, era chocante. Calzaba borceguíes moriscos, cubiertos de barro. Su mirada daba miedo.

La madre de Isabel, princesa portuguesa, le tenía aversión y desconfianza. Era bella, de voluntad enérgica, anclada en los principios católicos de gobierno. Su influencia sobre su esposo Juan II libró a Castilla de la tiranía del favorito don Alvaro de Luna, a quien hizo decapitar.

Como la mayoría de la Nobleza, la reina viuda lamentaba que Enrique, de quien el pueblo esperaba la liberación de la amenaza mahometana, fuera un cristiano tibio.

Forzado por el clamor popular, condujo en 1457 su ejército de 30 mil hombres contra los moros de un modo tal que todos pensaron que se había entendido con ellos en secreto. Se declaraba pacifista, síntoma de corrupción moral, para los nobles, en el rey llamado a encabezar la lucha. Pues su pacifismo no era sinónimo de verdadera paz, la que nace del orden –como enseña San Agustín; era un pacifismo entreguista.  “No pudo caer más bajo un sucesor de San Fernando” (J.M. Pemán, “La Historia de España contada con sencillez”, Escelicer SA, cap. XVI).

Judíos y conversos apretaban a la gente con impuestos y usuras que arruinaban a agricultores, comerciantes y nobles. Salteadores de caminos robaban, mataban y cometían violaciones. La civilización parecía sucumbir bajo el monarca vicioso.

Dos amigos del rey eran don Juan Pacheco, marqués de Villena , y su hermano, don Pedro Girón. Del origen más oscuro se habían encumbrado al poder más alto. Descendían del judío Ruy Capón pero se declaraban católicos. Los había introducido en la corte don Alvaro de Luna. Villena era simpático, elegante y perfumado con ámbar. Se hizo retratar en piadosa oración, con expresión angelical.

Su hermano, don Pedro Girón, era meloso, sensual y de mala fama. Sin mérito alguno por la religión católica había obtenido el cargo de gran maestre de la Orden de Calatrava.

Este hombre indigno se permitía fijar sus miradas en la pequeña y bella princesa Isabel. Su madre lo despreciaba, y hubiera preferido verla muerta antes que casada con este libertino. Entre tanto, el rey había empezado a trazar planes sobre el futuro de Isabel.

Luis María Mesquita Errea

 SIGUE EN CAP. II

 

 

 

LA GESTA DE ISABEL LA CATOLICA - Pilar de la Cristiandad americana - Prólogo

 NOTA: esta monografía fue presentada en una serie de conferencias: Salta (Club 20 de Febrero, Instituto de Ciencias Genealógicas, Instituto de Cultura Hispánica), San Miguel de Tucumán (Centro de Estudios Genealógicos), San Fernando del Valle de Catamarca (Instituto de Cultura Hispánica), Todos-Santos de la Nueva Rioja (Club Social) y Sañogasta (Centro Cultural Juan Ramírez de Velasco, Gobernador del Tucumán en el aniversario de la muerte de la gran Reina Católica. Esta serie de eventos contó con la participación del recordado Alejandro Ezcurra Naón, integrante del Consejo Nacional de la Sociedad Argentina de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad - TFP


PROLOGO

 

 

E


n la Edad Media, los hombres estaban imbuidos de esa infancia espiritual enaltecida por el Divino Maestro como una elevada forma de sabiduría e inocencia, que se expresaba en los vitrales, las miniaturas iluminadas y las historias y leyendas doradas, en que frecuentemente intervenían caballeros, Angeles y Santos.

No por eso dejaban de ser plenamente conscientes de las realidades de la vida, con sus luces y sombras, pero tenían el espíritu abierto a lo trascendente, lo maravilloso, lo absoluto, perspectiva desde la cual se comprende y adhiere al bien en todas sus manifestaciones y se rechaza y combate el mal en todas sus formas. Por eso fue la época de las cruzadas y de la caballería, ideal encarnado en los albores de los Tiempos Modernos por Isabel la Católica.

Al acercarse el V aniversario de la muerte de la gran Reina, y ante el “homenaje digno” que instituciones defensoras de nuestra tradición se aprestan a hacer en su memoria en la Ciudad de Todos Santos de la Nueva Rioja y otros puntos del país, hemos querido divulgar aspectos centrales de esta gran figura fundacional de la América hispana y cristiana.

Hemos podido comprobar que el interés por doña Isabel, Reina de Castilla, de Aragón, de las Islas y Tierra Firme de la Mar Océana (nuestra Iberoamérica), aflora en grandes y pequeños, como al soplo de una gracia de encanto y gratitud por la que, en el orden humano, trajo la luz de la Fe y de la civilización cristiana para beneficio de los aborígenes , como así también de los españoles y africanos que vinieron al Nuevo Mundo. Región privilegiada que, por su profunda unidad cultural católica, pudo ser llamada por el Papa Pío XII el Continente de la Esperanza. A Isabel se debe el hecho grandioso de que las naciones americanas hayan nacido cristianas.

Con el doble propósito de sumarnos al homenaje a esa gran figura, y de atender al interés que ella despierta, hemos preparado esta monografía histórica, limitada, entre otras cosas, por el corto período de tiempo que medió entre la decisión de realizar este homenaje (agosto de 2004),  y los breves días transcurridos hasta la fecha.

Para asomarnos al espectáculo grandioso de su vida, nos valdremos de la biografía que publicó, con el título de “Isabel, la Cruzada”, el historiador norteamericano del siglo pasado, William Thomas Walsh, gran especialista en la Historia de España.  Dicha obra es la fuente bibliográfica principal de la que hemos tomado la información general sobre la mayor parte de los hechos comentados y la división en capítulos, que Walsh enumera, sin especificar su contenido.

Dada su modesta finalidad de divulgación, nos parece una base suficiente para esbozar una monografía, trabajo cuyas características permiten comunicar al público, rápidamente, una interpretación sobre determinados hechos históricos sin esperar a “completar el grueso volumen de tesis” (cf. M. A. Scenna, “Los que escribieron nuestra historia”, Ed. La Bastilla, Bs. As., 1976, p. 64).

Las citas no pertenecientes a autores expresamente nombrados en estas páginas -con la respectiva indicación bibliográfica-, fueron extraídas de “Isabel, la Cruzada” (Ed. Espasa-Calpe, colecc. Austral, 4ª ed., volumen extra). Tales citaciones de Walsh aparecen entre comillas, sin indicación de autor ni de página; el lector podrá encontrarlas en los capítulos respectivos de su obra.

Son originales de la presente monografía, “La gesta de Isabel la Católica, Pilar de la Cristiandad Iberoamericana”, el enfoque general —que a veces se aparta del que brinda Walsh—, los títulos de los capítulos, y los comentarios y conclusiones.

Tomamos como ejemplo el método del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira quien, para elaborar su visión de la historia de la Cristiandad y del embate de la Revolución anticristiana, se basó en tres aportes fundamentales:

 

a)       la Fe católica y el magisterio pontificio tradicional

b)      la Historia

c)       la lógica y el sentido común

 

Hemos procurado inspirarnos en las enseñanzas de ese gran líder católico, particularmente en sus obras maestras “Revolución y Contra-revolución” y “Nobleza y Elites tradicionales análogas”, que tan altamente valoraba el impulsor de la canonización de Isabel la Católica, el ilustre canonista P. Anastasio Gutiérrez C.M.F.

Con base en estos ensayos, abordamos la figura señera de Isabel la Católica, Madre de la Cristiandad Iberoamericana.

Su personalidad y su obra son fuente de inspiración para la defensa de la identidad de Iberoamérica y el cumplimiento de su llamado a orientar al mundo en las vías de la fidelidad al ideal perenne de la Civilización Cristiana. Fidelidad que implica enfrentar con hidalguía y firmeza, clarividencia y dedicación, la Revolución sensual e igualitaria que jaquea a la Cristiandad.

Que nos valga ante la Virgen Medianera de todas las gracias, “ruina y destructora de los errores y las herejías”, el ejemplo y la intercesión de la Sierva de Dios Isabel la Católica, que combatió eficazmente las tramas de los enemigos de la Cristiandad, como veremos en estas páginas.

 

Luis María Mesquita Errea

 

Sañogasta, La  Rioja, Argentina

Noviembre de 2004 

V Centenario de la muerte de Isabel la Católica

SIGUE EN CAP. I



lunes, 17 de agosto de 2020

Discurso LA GESTA CORDILLERANA DE SAN MARTIN Y NICOLAS DAVILA, NOBLES HOMBRES DE CORAJE

 

Cnel. Nicolás Dávila
Cnel. Nicolás Dávila, Héroe de Copiapó

Libertador Gral. José de San Martín


La Rioja, 17 de agosto de 2017

Acto cívico en honor del Libertador Gral. San Martín

Palabras a cargo del Prof. Luis María Mesquita Errea, por la Asociación Sanmartiniana

LA GESTA CORDILLERANA DE SAN MARTIN Y NICOLAS DAVILA, NOBLES HOMBRES DE CORAJE

Evocar la figura de San Martín y de los riojanos como Nicolás Dávila que respondieron a su pedido de auxilio para formar el Ejército de los Andes y concretar el plan continental es reavivar nuestras esencias, pues sin honrar sus tradiciones un pueblo se transforma en masa carente de identidad y fortaleza.

 

Era un arquetipo de hombre superior quien hacía este llamado desde Cuyo.¡El plan continental!, modelo de sabiduría guerrera, se cumplirá venciendo obstáculos gigantescos como la cordillera.  El Gobierno le dará facultades de “Jefe expedicionario  en tierras lejanas”, con sabor de leyenda,  clarines,  estandartes al viento, cóndores y lanzas..

Gobernador de Mendoza pone al servicio de estos objetivos su formación de alta escuela, que suma excelencias desde su entrada en el Seminario de Nobles de Madrid, a los 11 años y su ingreso como cadete al regimiento de Murcia, a los 12, inicio de su vertiginosa carrera militar. Con coraje frío y temerario gana las insignias de Teniente Coronel peleando contra las fuerzas del Gran Corso en el  berberisco campo de batalla de Bailén.  De allí trae el ágil sable corvo, símbolo de arrojo de sus épicos granaderos.

 

Llegado al país en 1812 la Junta le confirma el grado y organiza el Regimiento de Granaderos a Caballo. Su Bautismo de fuego en San Lorenzo, será con riesgo de vida para él…

En Mendoza monta la legendaria Maestranza, donde ni a él mismo le era dado entrar si no cumplía sus estrictas normas de vigilancia; allí se fabrican desde cañones hasta uniformes y objetos de piedad para sublimar con la Fe la virtud del coraje.

 

 “Cuando San Martín se hizo cargo del gobierno de Cuyo e inició la formación del Ejército (septiembre de 1814) –dice el Cnl. Lanús- gobernaba en La Rioja Don Francisco Xavier de Brizuela y Doria, a quien reemplazó su hijo Ramón, en 1815”… “Tanto estos dos gobernadores como los que los sucedieron, particularmente el Tte. Coronel Benito Martínez (…) colaboraron con entusiasmo en la organización del Ejército, facilitando el reclutamiento de personal y disponiendo envíos periódicos de ganado y elementos necesarios para su abastecimiento”. Así, “el nombre de la Provincia quedó honrosamente vinculado a este período de la empresa libertadora” (Lanús, pp. 95-6).

La Rioja no desmintió el legado de su heroico fundador Ramírez de Velasco.  Declarada autónoma con el Gobernador Ramón de Brizuela y Doria y con voz en el Congreso de Tucumán con el gran Castro Barros, superó las expectativas sanmartinianas.

 

En esos tiempos la sociedad era como una familia de familias, viviendo sin grandes lujos pero con distinción, en una economía natural sobria y productiva, sin emisión de moneda ni estatismo invasor.  Las capitales históricas eran ciudades-provincia con su historia, héroes y figuras típicas. Así, La Rioja fue capaz de enviar remesas enteras de pólvora para reserva y adiestramiento de tropa en el tiro, descuidado hasta entonces;  se habían mandado 900 mulas, 30 quintales de explosivo, 100 reclutas para el III Escuadrón de Húsares, como  consta en la memoria de Ramón Brizuela y Doria al Director Supremo Pueyrredón,  que agradece las elocuentes pruebas de su celo.  

En abril de 1816 San Martín pide 50 quintales de plomo para balas y 300 suelas para monturas,  artículos que, dice sólo esa provincia puede surtir…

Del Oeste riojano y Anguinán parten100 cargas de harina superior, con sus sacos y aperos. La caridad en La Rioja no empezaba por casa… En el 17, envía nuevas contribuciones de pólvora. pese a la carestía por haberse enajenado los agricultores de su alimento, y la falta de mano de obra por las levas frecuentes. El Supremo Gobierno tributa las más expresivas gracias a nuestros generosos coterráneos.

Asimismo hay otros aportes de personal para el Ejército, fuera del que integró la Expedición a Copiapó. Nuestra Rioja, señores, cumplió como pocas provincias.

Fue una hazaña que en breve San Martín lograra tener un ejército que requeriría 10.000 mulas y 1600 caballos para cruzar los Andes, y batirse con un enemigo fogueado en memorables batallas del Viejo Continente.

Las patricias mendocinas y Remedios de Escalada, quieren tener lista la bandera para el día de Reyes, como lo quiere el General. Le piden al Cristo del oratorio familiar que la victoria acompañe su paño azul y blanco, colores de la Inmaculada.

Hay expectación ante la inminente partida del Ejército: sólo faltan la bandera y la advocación divina.

Los campanarios de Mendoza inundan los aires de repiques sonoros. En la Iglesia Matriz, ante la multitud enfervorizada, Nuestra Señora del Carmen es llevada en procesión. San Martín toma la bandera y la presenta al sacerdote, que la bendice.

Terminada la misa cantada con el Te-Deum, la procesión se dirige a la Plaza mientras los cuerpos militares presentan armas. Se entroniza la Virgen, Patrona jurada del Ejército de los Andes por voluntad de su jefe. San Martín, bendecido su bastón de mando, lo pone en manos de la Emperatriz de América exclamando: ¡Soldados: esta es la primera bandera independiente que se ha levantado en América! batiéndola tres veces en medio de salvas de cañones y fusilería. La alegría de un pueblo fervoroso es preludio de victoria.

Rumbo a la cordillera!, aprovechando ardides de guerra psicológica ideados por San Martín.

Alvarez Condarco es rechazado por el Gobernador español , “por el camino más corto” , permitiéndole trazar un precioso croquis! Aparenta revelar a los toquis indígenas los puntos por dónde pasarán sus fuerzas. Ufanos de la confidencia, desparraman la falsa noticia.

Las fuerzas fernandinas desorientadas  se extienden a lo largo de 300 leguas reduciendo su concentración.

Avanza el Gran Capitán dispuesto a cruzar una de las cordilleras más altas del globo.  Sabe que es ahora o nunca.

Vence cuatro cordilleras intermedias. El río Los Patos lo hostiga sin piedad; la puna le ocasiona bajas. Las cumbres de la Espinacita lo dejan colgado sobre una bajada de 4000 mt. San Martín sufre y resiste.

Tales vicisitudes acosan a las 6 alas que incluyen las 4 columnas auxiliares.

Pero en Chile asoma el histórico triunfo de Chacabuco. Triunfan la audacia y estrategia de San Martín y las ganas de vencer que ha sabido transmitir al ejército. Imposible una coordinación más exacta, comenta Lanús.

 

Santiago festeja en aristocrática y fraterna tertulia hermanando a argentinos y chilenos. Vencidos los Andes la emancipación es irreversible. San Martín lo había dicho: ¡Animo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas arduas!

 

Es la mejor definición de nuestro héroe riojano Nicolás Dávila, hombre de acción, auténtico representante del modelo de varón de clase dirigente tradicional como enseña Pío XII en sus famosos discursos sobre Nobleza y élites tradicionales.

Dávila cuenta que avanzó en la noche (como un felino) para llegar a Copiapó  ese mismo 12 de febrero. Desprendió una partida de 20 infantes al mando del Teniente Larrahona aprovechando la oscuridad para tomar a la bayoneta la guardia del cuartel.

El BRAVO Larrahona ejecutó la orden, sin trepidar, y cuando el centinela dispara el fusil al oír el grito: ¡Viva la patria! dado con voz de trueno por aquel oficial, yo entraba –relata- por la otra bocacalle con los infantes desplegados en guerrilla al trote  y protegidos por la caballería. Las fuerzas enemigas quedan inutilizadas y economizada la sangre de nuestros milicianos, penetrando la división sin disparar un solo tiro.

El 16 recién entró el Coronel Zelada con el resto de la división en medio de las aclamaciones del pueblo, y observando el contingente de estos milicianos, tostados por el cierzo helado de los Andes, –agrega-  no se desdecían de la gloria de sus compañeros, que habían triunfado ya a en las llanuras de Chacabuco.

 

Nicolás Dávila nació y fue bautizado en esta ciudad de La Rioja el 14 de abril de 1786 según documentación aportada por el dedicado genealogista Alfredo Cabral. Fueron sus padres Don Francisco Javier de Brizuela y Doria y Doña María Rosa del Moral y Andrada.

Anotado como Nicolás Brizuela del Moral, llevaría el ilustre apellido Dávila como sus hermanos con excepción del mayor, Ramón de Brizuela y Doria,  cumpliendo normas establecidas por sus antepasados fundadores del Mayorazgo de San Sebastián. Nicolás y Ramón, y un tercer hermano, el valiente General Miguel Dávila, desempeñarían un rol histórico junto a su padre, en cuya hacienda se formaron en Sañogasta (casa 14), conforme censo de 1810.

 

Casado Nicolás adquirió tierras en Nonogasta, solar de su distinguida mujer Doña Ma. Vicenta Gordillo y Castro,  construyendo casa, hacienda, bodega y fundición de metales, más tarde Casa de la Moneda.

Edificó la Iglesia de San Vicente Ferrer (MHN), y cruzando la cordillera a lomo de mula desde Copiapó con ella, entronizaron la artística talla del Patrono,  venerado con arcos de flores, alférez a caballo y procesión por sus descendientes y todo el pueblo.

Dice el historiador Zinny que Don Nicolás era “Comandante de la Capitanía de Famatina cuando el Gobernador Martínez, a fines de 1816, le ordenó preparar dos escuadrones de milicias para el 15 de enero siguiente”.¡Poco tiempo para tal empresa!

La Capitanía abarcaba los actuales departamentos Famatina y Chilecito, incluyendo Nonogasta y Sañogasta

En Sañogasta fue que Don Nicolás y su padre Don Francisco Javier de Brizuela y Doria “fundieron los primeros cañones argentinos, para luchar por la libertad”. Allí también estaba la fábrica de la pólvora enviada a San Martín.

Con la colaboración familiar y de una pléyade de patriotas tuvo listos sus escuadrones para la fecha fijada. Zinny dice: “… lo más selecto de la juventud riojana; se encontraban el Capitán Miguel Dávila, hermano del Comandante, el Capitán José Benito Villafañe, el Capitán Manuel Gordillo, los Oficiales Mateo Larrahona, Noroña y muchos otros”. Lo llama “Comandante” pues fue el verdadero jefe de la expedición, el Héroe de Copiapó.

Hemos mencionado los aportes de pólvora y mulas de su familia paterna venciendo carencias y dificultades. Su importancia para la emancipación consta en la carta con la que San Martín lo agradeció al Gobernador Ramón Brizuela y Doria, conservada en Sañogasta.

Partieron de la antigua Iglesia de Santa Rita de Chilecito luego de oír misa con 120 milicianos locales y otros 200 de la Capitanía de Los Llanos traídos por su Teniente, don Fulgencio Peñaloza. Recogieron avíos en Nonogasta y en el Vinculado; cruzaron la Sa. de Sañogasta y los cerros de Aicuña.  Se les facilitó el pastaje en las estancias del Mayorazgo de San Sebastián, dice Lanús.

Fue providencial que Don Nicolás conociera esos campos a la perfección, pues su padre le había confiado su administración.

Acometió la toma de Copiapó y El Huasco con pleno éxito. Conforme la estrategia sanmartiniana, aquel 12 de febrero todas sus fuerzas lograron su objetivo. Nicolás Dávila fue, en la misión encomendada a La Rioja, el ejecutor audaz, con generosidad para darlo todo a la causa de la Independencia.

Fue destacado Gobernador de la Provincia de 1821 a 1823 fomentando la educación y la agricultura;   en la Casa de la Moneda de Nonogasta acuñaba preciosas monedas de oro –muy valoradas hoy por autoridades en Numismática.

 

Su trayectoria, como dijimos,  fue un ejemplo del papel de las élites tradicionales cuya misión perenne, en perfecta compatibilidad con una verdadera democracia, es  preservar la tradición y ser así factor de progreso.

Pues la Tradición, sabiduría forjada en el pasado que debe guiar el presente, es un valor imprescindible; el progreso sin la tradición se transforma en un peligroso salto a la oscuridad, en barbarie organizada, enseña Pío XII -.

 

A esas élites tradicionales que representa el ejemplo de Nicolás Dávila les cabe una alta misión por el bien de toda la sociedad. Son, enseña el Papa, “…la comunidad de las familias que ponen por tradición todas sus energías al servicio del Estado, su Gobierno y su Administración, y con cuya fidelidad puede éste contar en todo momento”.

 

Magnífica definición que “recuerda las grandes estirpes de descubridores, colonizadores y agricultores que construyeron el progreso de las Américas y, manteniéndose fieles a sus tradiciones, constituyen la preciosa riqueza moral de las sociedades en que viven,” dice el Plinio Correa de Oliveira en su obra Nobleza y Elites tradicionales.

Por eso, celebrando en este día la gesta sanmartiniana queremos recordar esa misión que no puede faltar en la sociedad.

Para estar a la altura de ella -le dice Pío XII a cada oyente- debe ser hombre de valor, con una fortaleza de ánimo que ni las más duras pruebas consigan abatir; … que no solamente os convierta en perfectos soldados de Cristo para con vosotros mismos sino también, …, en animadores y sustentadores de quienes se sientan tentados de dudar o ceder.

Debe tener  una prontitud para la acción, que no se atemorice en previsión de ninguno de los sacrificios hoy exigidos por el bien común [que]… os preserven de caer en un ‘abstencionismo’ apático e inerte, que sería gravemente culpable en una época en la que están en juego los más vitales intereses de la religión y de la patria.

 Fortaleza de ánimo –prontitud para la acción – generosa adhesión a los preceptos católicos que forjaron la patria desde sus primeros albores, Nicolás Dávila dio sobradas pruebas de tenerlos… Que su ejemplo fructifique en nuestros jóvenes y en toda la sociedad siguiendo los pasos que hoy evocamos con agradecimiento y esperanza.