sábado, 19 de diciembre de 2009

Tres aspectos de la Argentina del "siglo de plata": unidad imperial y pertenencia; autonomía señorial, rol vivificante de la Fe católica - 20ª nota




Fe, gallardía y espíritu épico de la Argentina que nació con el espíritu de Santiago matamoros


La afirmación de la Argentina temprana: conciencia de su destino
Pese al empobrecimiento ocasionado por las guerras y la decadencia de las encomiendas, los documentos de época atestiguan la consolidación de la Argentina del “Siglo de Plata”, el desarrollo de una economía estable, próspera y propia (no subsidiada), la elevación cultural y la maduración de un pueblo en el que se destaca una Nobleza honesta y trabajadora.
En 1659, el Obispo Maldonado y Saavedra “dirige una magnífica carta al rey, informándole que no hay en la historia de América una provincia más sacrificada que la Gobernación del Tucumán; que desangrada y empobrecida por las guerras y los socorros, ha forjado una economía propia, sana y estable y mantiene un elevado nivel cultural”. Lamenta que esto se de “sin que llegue ninguna merced reveladora de que su esfuerzo es comprendido” (Efemérides Guadalupanas).
En Catamarca, dice una carta del Obispo Sarricolea y Olea de 1729, muchos viven en sus chacras y la ciudad está disminuida. “La Rioja conserva los vestigios de lo que fue en la misma ruina de los edificios, habitando sus vecinos y pobladores en sus viñas”, razón por la que “no reparan las casas que tienen”.
A ambas ciudades apartadas les resultaba difícil vivir del comercio, como las demás. Su porvenir estaba en sus viñedos y otros productos.
Como los indios eran contados, los vecinos van al campo a dirigirlos en las faenas, trabajando junto a ellos. Resulta que allí “por la primera vez se manifiesta un verdadero pueblo campesino de españoles y criollos que predominan no solamente sobre sus indígenas sino sobre sus mismas ciudades” (Lizondo Borda). En San Miguel de Tucumán florece la agricultura, sin que la ciudad decaiga.
El valioso testimonio del Obispo desmiente los prejuicios contra la Nobleza: “La gente española y blanca, aunque por la mayor parte pobre, es trabajadora y de buena índole, especialmente la noble que se señala mucho en su modo de proceder honrado, cortesano y honesto...”.
Córdoba, al finalizar el “Siglo de Plata”, en 1749, ha decaído por las invasiones de los indios del Chaco, la larga sequía, la merma del tráfico de mulas debida al agotamiento de las minas de Potosí y el traslado de la Aduana a Jujuy. No obstante mentiene su papel protagónico y su jerarquía urbana, según el padre jesuita Martín Dobrizhoffer: “Córdoba, la ciudad principal de Tucumania, sede del obispado y de la universidad, floreciente y más célebre que ninguna otra hasta hace pocos años en casi toda América del Sur, se enorgullece por sus espléndidos edificios y por sus nobilísimos y ricos ciudadanos” (ap. P. Bustos Argañaraz, Manual de Historia Argentina).
Cerramos este panorama del “Siglo de plata” consolidador con estas observaciones de José Luis Busaniche.
Las ciudades del territorio argentino iban adquiriendo con admirable tesón y ánimo vida propia y conciencia de su destino. Las enormes distancias y el aislamiento comercial exterior las obligaban a bastarse a sí mismas. El peligro constante las mantenía despiertas y valerosas. La seguridad del sustento, el ganado abundante, salvaba al individuo de la miseria física, la desesperación y el pesimismo. Las faenas rurales daban lugar a deportes ecuestres que comunicaban al trabajo gallardía viril, que el indio miraba con simpatía y emulación. Los charrúas gustaban y se hicieron especialistas en arreos, domas y apartes.
El cabildo, gobierno colectivo que comprendía variadas funciones y servicios –municipales, judiciales, policiales y de milicia- permitía el gobierno autónomo y los vecinos afincados participaban obligatoriamente en el manejo del común. La Religión, con sus hermandades, liturgia, consuelo prestaba firme sostén, no sólo espiritual, pues la caridad no era palabra vana.
La presencia del Gobernador o del Teniente, que presidía el cabildo, fortalecía la idea de que el grupo social perdido en el espacio, en la llanura ilimitada o en sierras fragosas, o selvas y malezales, no era una isla de náufragos sino miembros de un Imperio que tenía papel prominente en el mundo y que no luchaba sólo por conquistar tierras y mantenerlas, sino por principios bien claros, que para el último español eran parte esencial de su existencia.
Solidarias las ciudades ante el peligro común y muy respetuosas del poder real, que honraban periódicamente, cuyo rigor no se hacía sentir, eran celosas de su jurisdicción y gobierno. Aldea perdida en el desierto, como San Luis, se niega en el siglo XVII a recibir Corregidores que no son de su agrado y pide facultades para designar su propio gobernador. Santa Fe exige reciprocidad en auxilios que presta a Buenos Aires, capital de la Gobernación, en sus trances difíciles. Así va formándose un sentimiento colectivo de grupo autónomo, en ciudades de vasta jurisdicción, de hecho ciudades-provincias, sentimiento que se apoya sobre una fuerte conciencia individualista, unida al prestigio lejano de la unidad y de la fuerza imperial.
Las pinceladas de Busaniche documentan la entidad alcanzada por la Argentina durante el período de consolidación, en el marco de la civilización cristiana y mariana, que el autor resalta en tres aspectos fundamentales:
· la unidad del Imperio con su sentido monárquico y jerárquico de pertenencia
· la autonomía orgánica de las ciudades y el rol de los vecinos, la Nobleza o Hidalguía de Indias
· el rol vivificador de la Fe Católica, Apostólica Romana.


Comentario

La enorme importancia de los frutos de civilización cristiana cosechados por la Argentina del "siglo de plata" se evidencia en todo este texto. Basta mencionar que esa Argentina tenía conciencia de su destino, es decir de su valor como nación marcada por características especiales y un llamado particular a servir y luchar por la Cristiandad.




No hay comentarios: