sábado, 25 de julio de 2020

La fe heroica de los primeros pobladores cristianos - La primera ciudad en territorio argentino: Santiago del Estero


El gran héroe don Francisco de Aguirre, fundador de Santiago del Estero, "Madre de Ciudades" - Monumento en La Serena, Chile

Centro Cultural Juan Ramírez de Velasco
XIV Jornada por la Civilización Cristiana y la Familia
Museo de la Ciudad – Salta, octubre de  2018
Elena B. Brizuela y Doria de Mesquita – Sañogasta, La Rioja

“PROMOTORES   Y  HEROES  DE  LA  CRISTIANDAD  EN  AMERICA
(Siglos XVI a XIX)”

 I) LA  FE  HEROICA DE LOS PRIMEROS  POBLADORES  CRISTIANOS
Cristóbal Colón llegó a América en 1492. En España gobernaban los Reyes Católicos. Una bula del Papa Alejandro VI determinó la donación, a ellos, de las tierras descubiertas y daba normas claras como éstas: “adoctrinar a los indígenas y moradores dichos, en la fe católica e imponerles en las buenas costumbres...” 
La Reina Isabel así se lo propuso, y en esto comprometió también a sus sucesores.
El PAPA SAN PIO V, cuando señaló la conducta a seguir en la evangelización del Nuevo Mundo,  decía “que había que mirar como especial regalo de Dios que aquellos pueblos estuviesen bajo la jurisdicción de la corona católica, no turca ni protestante, y cargar toda la fuerza de la conciencia en los deberes misionales que para el rey y la nación se derivan de ese hecho”. (El sentido Misional de la Conquista. V. Sierra, p 91). ¡Tengamos en cuenta que es un PAPA SANTO el que lo dice!
El espíritu y el nervio de la empresa que se iniciaba, tendría sus matices, pero sería, como la califica Vicente Sierra, “una gesta estupenda”, porque los pueblos nativos se incorporaron a la civilización cristiana.

Para los hombres que vinieron a América la religión católica era esencial en su vida. Se trasladaban al continente descubierto por Cristóbal Colón, llevando consigo no solo sus ambiciones, su coraje, su espíritu de aventuras, sus grandes fallas y  sus virtudes, sino el alma española impregnada de Fe en Cristo.
Por mandato de los Reyes y por propia convicción la transmitían a los indios. Lo hizo también  Colón, cuyo nombre “Cristóbal”, significa “portador de Cristo”,  y él, a pesar de los defectos que tuviera,  propios de los hombres de la época renacentista, hizo honor a ese nombre: a cada paso en la tierra nueva, “dejaba siempre puesta una Cruz”, y cuando era posible, “una muy alta y grande Cruz”. Bautizaba cada isla, cada cabo, cada lugar con un nombre cristiano: San Salvador, Isla Santa, Isla de Gracia, La Asunción, Santo Domingo, Natividad, Mar de Nuestra Señora, como a su propia nave: la Santa María.

En 1535, Don Pedro de Mendoza antes de emprender el largo viaje hacia la tierra nueva, rindió pleitesía a la Santísima Virgen, luego se ocupó de redactar su testamento. Es interesante leer el encabezamiento.
Dice así: “En el nombre de Dios y de la Santa Trinidad...o de la buena venturada Virgen gloriosa su Madre. Ella que es Madre de Consolación o de piedad, a quien yo tengo por Señora o por abogada en todos los míos hechos, a la cual pido o suplico me quiera dar gracia para que pueda hacer y ordenar testamento y todo aquello que el fiel cristiano debe hacer.” 
Se palpa el fervor religioso de este hombre que todo lo encomendaba a la Providencia,  era corriente entre los conquistadores españoles. (Pienso yo, muy a pesar de algunos historiadores y demás detractores de la historia verdadera.)
Don Pedro cargó una antigua Imagen de Nuestra Señora de la Merced y bajo Su protección, y con Ella, se hizo a la mar. Los fervorosos marinos le dieron el título de Nuestra Señora de los Buenos Aires; es la primera que entrara, en 1536.  Fue la precursora de la devoción a María Santísima en nuestra patria. Mendoza trajo cerca de dos mil hombres y varios sacerdotes mercedarios cuya función era atender las necesidades espirituales de los que integraban la expedición, aunque luego asumieron también responsabilidades misioneras. El asiento fue a orillas del Río de La Plata, con el nombre de Nuestra Señora de los Buenos Aires, pero no prosperó, se levantó y se trasladó a Asunción.

Vayamos entonces a otras latitudes bajo este cielo americano, a buscar hechos que nos hablen de las vivencias de los primeros pobladores después del descubrimiento.  Comprobaremos que la Providencia hizo sentir Su Gracia, tanto en las duras pruebas, como en los grandes consuelos.

II) NUESTRA  SEÑORA  DEL  BOLDO
La ciudad de Concepción, en el sur de Chile, fue fundada por Pedro de Valdivia en 1550. Los españoles que la poblaron, adoctrinaron a los naturales, y hasta el famoso cacique  araucano  Lautaro se había bautizado tomando el nombre cristiano “Felipe”.   El y sus vasallos, apreciaban los beneficios que traían estos nuevos habitantes. Veían la organización de sus pueblos, la construcción de  sus casas, que a pesar de la precariedad a que obligaban los pocos medios disponibles, eran  paredes de barro apisonado y techos de paja; veían que trabajaban la tierra con herramientas de hierro, material nuevo para ellos;  que transportaban cargas en unas cajas  rodantes que llamaban carros, traccionados  por caballos, burros o  mulas; que se trasladaban montados en esos animales novedosos en estas tierras. Veían con asombro que  sembraban y plantaban vegetales traídos de Castilla y cosechaban frutos exquisitos; que obtenían leche de animales con cuernos que llamaban cabras a las pequeñas y vacas a las de mayor tamaño, aptas también para proveer carne, cerda y cuero.      Estos, entre otros muchos asombros!
Hasta entonces los lugareños habían caminado para trasladarse, habían transportado cargas a lomo de hombre o angarillas pues no conocían la rueda; cosechaban algarroba y otros frutos del campo, cultivaban maíz, papas y zapallos; cazaban, para comer la carne de zuris y otras aves silvestres  o camélidos de alta montaña –cuando no la de enemigos vencidos, lo que era bastante frecuente en muchas parcialidades nativas.
Pero no aceptaron tan fácil todo lo nuevo; se resistían a dejar sus consabidos rituales y sujetarse a un solo Dios,  que por añadidura les ordenaba la vida con diez mandamientos que les prohibía ciertas prácticas como la  idolatría con abundantes libaciones rituales que terminaban en grotescas y peligrosas borracheras que casi siempre daban en peleas  y muertes. La poligamia, la antropofagia y el sacrificio de niños eran flagelos que había que erradicar de muchas parcialidades nativas.  Por otro lado la nueva doctrina les sugería costumbres civilizadas a las que no estaban habituados, como cubrirse el cuerpo, comer en mesas, dormir en camas o higienizarse.
A esto se sumaban actitudes descomedidas y torpes de algunos españoles.
Un día Lautaro atacó Concepción.
Quemó las casas, mató y saqueó. Quedó en pié únicamente la pequeña Iglesia de la Inmaculada Concepción; allí se refugiaron los que quedaron con vida, incluyendo a los indios amigos ya bautizados que abrazaron el cristianismo.
Cuando se acercaron los atacantes a la capilla para completar su obra devastadora, extrañamente comenzaron  a retroceder asustados, tapándose la cara; caminaban como atontados y enceguecidos. Aprovechando la situación, los españoles tomaron algunos prisioneros y los  entraron en la Iglesia; al ver la imagen de la Inmaculada, gritaron: “¡¡fue Ella, fue Ella!!”.
¿Qué había pasado? 
Se les había aparecido la Inmaculada Concepción; parada sobre una planta de boldo les tiraba arena fina a los ojos cegando a algunos, solo hiriendo a otros,  y aterrando a todos. (Bien dice la oración que Ella es “terrible como un ejecito en orden de batalla”.)
Desde entonces, hasta ahora, la imagen milagrosa se venera con el nombre de Nuestra Sra. del Boldo y se conserva en el Convento de las Hermanas Trinitarias.
Esa capilla fue el primer edificio levantado, como se hacía en todos los poblamientos; notablemente fue el único que quedó en pié, y allí Nuestra Señora intervino a favor de sus hijos fieles, españoles e indios. Con este hecho atrajo a los rebeldes.
Notemos también,  que había una distancia bastante amplia en el avance de conocimientos, aplicación de técnicas y desarrollo de ambas culturas; algunos autores afirman que esa distancia es de cinco mil años  (José M. Iraburu, “Hechos de los Apóstoles de América”, 1-Descubrimiento y evangelización. p.18).

Vayamos por otro episodio, en el que podemos palpar que los caminos de los cristianos en América  no fueron precisamente cubiertos de rosas.

III) LA  PRIMERA  CIUDAD  EN  TERRITORIO  ARGENTINO: 
SANTIAGO  DEL  ESTERO
¡Increíblemente sufrida! ¡Terriblemente golpeada! ¡Verdaderamente heroica!
La fundó Juan Núñez de Prado, Capitán General y Justicia Mayor. Venía del Perú  enviado para ejecutar un proyecto coherente e interesante: poblar el Tucumán sobre los caminos incas que unían Chile y Perú donde ya habían ciudades afirmadas, empalmando con la posible ruta al Río de La Plata con salida al Atlántico que la expedición de Diego de Rojas intentara pocos años antes.
El 29 de junio de 1550 nació la ciudad pionera de nuestra patria, con el nombre de “Barco”. Sesenta fueron los primeros vecinos. Se  plantó el árbol de justicia en la plaza, se designaron los miembros del Cabildo, se distribuyeron solares y tierras de labor, se erigió la  Iglesia y el primer convento para los  frailes dominicos Gaspar de Carvajal y Alonso Trueno. Construyeron sus casas y trabajaron duro labrando la tierra y criando los pocos cerdos y cabras que trajeron.  Los recursos escasos y las pocas cabalgaduras hacían muy difíciles las cosas, pues nunca llegaron los tan esperados refuerzos programados por Núñez de Prado, con hombres, animales, plantas, semillas y herramientas.
Aunque venían de la corriente del Perú, hicieron el asiento en tierras que estaban bajo la  jurisdicción chilena a cargo del Gobernador  Valdivia.  Enterado éste de la novedad, envió a Francisco de Villagrán  para remover del cargo a Núñez de Prado, bajar su jerarquía a lugarteniente suyo e incorporar  la Ciudad del Barco a  Chile.
Lo cierto es que por razones políticas, de ambiciones, de temperamento, de incapacidad, de ausencia de criterio lógico y de falta de bondad de ciertos dirigentes, se cometieron torpezas que crearon enormes inconvenientes a los primeros pobladores. El paso de Villagrán fue nefasto pues sus actitudes descomedidas provocaron la reacción de los Juríes. Regresado aquél a Chile,  Núñez renunció ante el Cabildo a su juramento como teniente y reasumió el cargo de Capitán, y anunció el traslado de Barco a algún lugar más allá de la jurisdicción Chilena. Los vecinos se negaban a abandonar lo construido, pero fueron reprimidos hasta con la ejecución de uno de los opositores; y encadenó trescientos indios amigos para usarlos como cargueros en el traslado.
Así, con dolor,  se inauguró en junio de 1551, la segunda Barco, sobre la ruta incaica hacia Perú, en Tolombón, en tierras habitadas por el Cacique Calchaquí, pero no fuera de la jurisdicción chilena.
Se levantó otra vez la ciudad, con mucho esfuerzo, sin sospechar que el Capitán General Nuñez había solicitado a la Real Audiencia autorización para abandonar la empresa y regresar al Perú. La respuesta tajante fue: ¡poblar! ¡cumplir con la tarea emprendida!
Entonces anunció: ¡un nuevo traslado de Barco!  Los vecinos  rechazaron esta decisión, y hubo dos ejecuciones más... 
En febrero de 1552  se inició la marcha hacia el este con el propósito de salir definitivamente del límite oriental chileno. El tránsito fue penoso, cansados, hambrientos, con ataques de indios con flechas envenenadas, heridos, dejando algunos muertos por el camino. Llegaron a los llanos de los Juríes en las orillas del Río Dulce, donde estos indios sedentarios estaban sufriendo un ataque de los antropófagos Lules. Hicieron un trato: los españoles les ayudaban a defenderse y recibían a cambio una fracción de tierra para asentarse, sobre el río. Así fue que en abril estaban construyendo por tercera vez la ciudad, alargando su nombre: “Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago”.
Allí vivieron un tiempo, aliados con los Juríes. 
Pero, la preocupación era permanente por la inoperancia de Núñez  para resolver la terrible crisis producida por el aislamiento de otros centros españoles, separados por enormes distancias, y ya no tenían caballos suficientes para movilizarse y proveerse; la falta de recursos trajo un lamentable empobrecimiento; la carencia de alimentos y ropa era desesperante; comenzaron a vestirse con cueros y pieles de animales y a hilar fibras de cáñamo para tejer un lienzo áspero con el que confeccionaban camisas; aprendieron a comer raíces, yuyos, insectos, cueros..., y el principal alimento era el maíz, cuando las mangas de langostas o la sequía les permitía cosecharlo.
1553. Con el nuevo año, llegó el verano, y al fin del verano llegó una esperanza: Francisco de Aguirre, desde Chile, con sesenta hombres, caballos y socorros materiales de todo tipo. Venía mandado por Valdivia para poner las cosas en orden.
Era hombre visionario y ejecutivo, de procederes claros, cabal y conducta recta. Imponía temor y respeto a los indios levantiscos, tenía proyectos de expansión y se cortaría el aislamiento.
Aguirre tomó el mando y deportó a  Núñez de Prado a Chile. 
Corrió la ciudad media legua hacia el norte junto a los esteros del río.
¡El tercer traslado!  ¡¡La construyeron por cuarta vez!!
“Barco” dejó de serlo, para llamarse, tras la re-fundación, “Nuevo Maestrazgo de Santiago”. La costumbre fue nombrándola “Santiago del Estero”, y así quedó.
Pero... una sombra había que nublaba el corazón de estos cristianos.
El nuevo gobernante, a la par de sus grandes dotes acarreaba también grandes defectos. Era prepotente, autoritario y sobre todo descreído. 
Vicente Sierra lo califica así: “...era la negación misma de todo sentido misional”. 
Los sacerdotes Carvajal y Trueno, que habían acompañado y fortalecido a los primeros pobladores en toda su gesta heroica, emprendieron viaje al Perú por desentendimientos con Aguirre.
Poco tiempo después, éste regresó a Chile por razones políticas, llevando con él muchos hombres y caballos, ¡lo que más necesitaba la ciudad!,  que quedó esta vez  sola como nunca, con una amarga sensación de orfandad y de agravio.
Juan Gregorio Bazán quedó al mando de los 56 vecinos.
Los indios del Bermejo sabedores de la ausencia de Aguirre,  comenzaron con escaramuzas y actos de pillaje. Confabulados con los chiriguanos -comedores de carne humana- pretendían soliviantar a los juríes,  y arrasar.
Enterado Juan Gregorio, antes del alba hizo tocar el trozo de hierro que hacía de campana colgado de un algarrobo al lado de la Iglesia. La llamada no tenía la cadencia sonora que alegraba los corazones en las tardes, a la hora de las oraciones. Eran insistentes y nerviosos repiques que anunciaban algo malo. Inmediatamente se reunieron los vecinos trayendo sus armas y caballos.
Bazán los arengó: si no se los detenía ya, la vida de la ciudad peligraba; había que jugarse el todo por el todo, era cuestión de matar o morir. Había que encomendarse a Dios y actuar. Parte de los hombres quedaron a custodiar la ciudad; veintitrés salieron para desbaratar el próximo ataque.  Cruzaron el río Salado, más crecido que nunca por las lluvias del verano; salieron al llano al galope, con el estandarte real al viento, portando picas, espadas y arcabuces, y las imprescindibles hierbas antídotos contra las flechas envenenadas. Cada español iba acompañado por un batallón de indios de su encomienda que lo seguían con la marcha característica de los juríes, mezcla de trote y carrera que podían mantener por horas sin cansarse. Llegaron  al lugar donde estaban los rebeldes;  Juan Gregorio Bazán al frente de la hueste, al grito de ¡¡Santiago y a ellos!! acometió, seguido por sus hombres que repitieron el grito en un solo bramido. La batalla fue larga y terrible. Por fin se los venció y se los trajo de paz. El Capitán, con buen criterio, pobló en sus asientos y los repartió en encomiendas entre los hombres que no habían recibido retribución alguna por la conquista, tratando de ser cuidadosamente justo. De ese modo la jurisdicción de Santiago se amplió. Todavía quedaban muchas tribus levantiscas, por lo que la ciudad siempre corría peligro de un ataque inesperado y debía estar alerta.
Al regreso, la entrada fue triste, pues traían los muertos para ser sepultados. Hubo muchas lágrimas y congoja.
Bazán no podía olvidar los últimos momentos de esos cristianos que clamaban por un padre que les ayudara a arreglar sus cuentas con Dios antes de entregarle su alma. Cavilaba con mucha tristeza, debía resolver también este problema.
Los vecinos en sus oraciones, puestos de rodillas sobre el suelo de tierra,  suplicaban a Dios que les enviara un sacerdote para que les administrara los sacramentos, y para que la presencia Eucarística protegiera a su ciudad que tantos embates sufría.
Aún quedaban muchas tribus levantiscas, por lo que siempre se corría el peligro de un ataque inesperado y había que estar alerta.
Jaimes Freire comenta los relatos de Hernán Mejía Miraval -uno de los hombres más grandes de la conquista-,  citado por Vicente Sierra; dice así:
“... sobrellevaban con entereza todas las penalidades, todos los peligros, todos los desencantos que les ofrecía la pobreza de la tierra; pero no podían resignarse a la falta de auxilios espirituales.... Era conmovedor el espectáculo de esos hombres de hierro, que a la hora de las devociones se reunían en la pequeña iglesia, rezaban el rosario y salían en procesión con cirios encendidos, cantando salmos y letanías... llegaban hasta una ermita donde decían oraciones en voz alta. Volvían rezando y entonando himnos.
En tal situación, próximo quizá el abandono de Santiago, algunos capitanes valerosos fueron a buscar sacerdotes a Chile. Era una empresa heroica. Distancias larguísimas, tierras fragosas, altas cordilleras nevadas y el país poblado de bárbaros. Es justo consignar los nombres de estos extraordinarios soldados. Llamábanse Bartolomé de Mansilla, Hernán Mejía de Mirabal, Nicolás de Garnica, Pedro de Cáceres y Rodrigo de Quiroga.”
Pocos meses después regresaban tres de ellos con algunos chilenos y el Padre Juan Cedrón, que había sido capellán en la gran entrada de Diego de Rojas.
El júbilo de los vecinos era indecible; armaron arcos de ramas en la calle para que pasara el sacerdote. La Iglesia era chica para albergar  a todos cuando dio la primera Misa. Es que la población se había duplicado...
El Padre no tuvo descanso desde que llegó: bautizaba a las indias que vivían con los españoles, luego a los niños que habían nacido; casaba a las parejas, escuchaba largas y sentidas confesiones. Adoctrinaba, enseñaba, corregía, amonestaba, aconsejaba. Celebraba la Santa Misa y daba la Comunión.

Poco tiempo hacía que habían decidido tomar el toro por las astas y hacerle frente a la pobreza de un modo nuevo: proponían comerciar con Potosí los tesoros que les proporcionaban los campos vírgenes: miel de sabores variados, cera excelente para fabricar velas, cochinilla de los más puros colores púrpura y añil; los usarían como moneda de la tierra. Así lo resolvieron y algunos vecinos con sus indios encomendados comenzaron la recolección. Los resultados serían los que Dios dispusiera, pero había que intentarlo. Y lo hicieron. Algunos meses después, su regreso fue un acontecimiento inolvidable! Traían variedad de plantas y semillas, ovejas, vacas y dos toros; eran los primeros en Santiago. El revuelo y el júbilo general le dieron vida nueva al pueblo; todos se agolpaban en las puertas del Cabildo para oír los relatos. El viaje fue durísimo, pero valió la pena, y resolvieron perseverar en el intento.
Y el Padre Cedrón tuvo mayor tarea: bendecir las siembras y las cosechas, y las crías que colmaban los corrales.

A partir de aquellos dos memorables viajes ocurridos en 1556, todo comenzó a mejorar y la alegría tintineaba en los corazones santiagueños. La variedad de animales y vegetales ponían colores nuevos en los campos; los capullos del algodón suavizaban las asperezas sufridas y el trigo dorado mitigaba el hambre.
La buena esperanza iluminó el alma de esta sociedad nueva que se formaba con los primeros pobladores de nuestra patria. La fe heroica que los sostuvo, brilló también en los ojos de sus hijos nacidos en Santiago del Estero. Es la fe que por gracia de Dios heredamos los argentinos; que está presente en las tradiciones y en la vida diaria de las familias; se manifiesta multitudinariamente en las celebraciones pascuales, de la navidad, en Luján, Itatí, del Valle, del Milagro, del Rosario, en el Tincunaco, en cada fiesta patronal en las ciudades y hasta en el más pequeño y recóndito pueblito,  en las  celebraciones familiares o patrióticas.
Es justicia resaltar que los españoles hicieron algo mucho más difícil y poco frecuente en la historia de los pueblos conquistadores: no solamente poblaron sino que se fusionaron con los nativos dando origen a lo que somos hoy en esta parte de América.

IV) LA  TRAGEDIA  DE  SIANCAS
El hecho había ocurrido  “...un viernes, después de la festividad de Nuestra Señora de Agosto”, como dice la probanza de Juan Gregorio Bazán.
Este magnífico hombre había venido a América veinte años antes que su mujer Catalina y su hija María, que habían quedado en Talavera de la Reina, en el Viejo Mundo, a la espera de su llamado. En 1569 pudieron viajar para reunirse con el; la familia contaba ya con el marido de María y cuatro niños pequeños. El viejo Conquistador los buscó en Lima para traerlos a Santiago del Estero donde estaba establecido. Venía con ellos un jovencito negro, Francisco Congo.
Podemos imaginar la emoción del encuentro, la ternura de los nietos, los preparativos para el traslado, la ilusión de estar juntos y emprender una nueva vida.
Cuentan los testigos declarantes en las probanzas de méritos del conquistador, que para el traslado llevaban quince animales cargados con equipaje y mercaderías de Castilla, más lo que compraron en Potosí, varios acompañantes y hacienda. Todo fue normal hasta llegar al río Siancas. Un brutal ataque de indios belicosos desbarató todos los planes.  Juan Gregorio, experimentado en estas lides, se dio cuenta en seguida  de lo que tenía que hacer: puso a salvo al mayor de los nietos con un indio yanacona y a Pedro de Balbuena que pedirían  auxilio en Esteco, el pueblo mas cercano; montó a la pequeñita Francisca con el joven negro, y animó las cabalgaduras de las mujeres y los niños con la consigna de ¡correr! ¡y no detenerse por nada!   Y los encomendó a Dios.
Juan Gregorio y su yerno pelearon fiero,  sus acompañantes indios y españoles, también. Todos quedaron tendidos sobre el arenal.
Los salteadores se llevaron cuanto les interesó, principalmente mulas y caballos, que eran muchos.  Algunas cosas quedaron tiradas: telas de seda flameando enredadas en los montes espinudos, objetos de plata rodando entre los cuerpos sin vida...
Las mujeres, Francisco Congo y los niños, aterrados, corrían sin saber a donde iban! Un grupo de indios flecheros los seguían, pero no se acercaban, algo los detenía. Así anduvieron cuatro días; extrañamente sus perseguidores se retiraron, sin hacerles daño.  Todo el tiempo veían un caballero montado en un caballo blanco que galopaba delante de ellos, guiándolos.
En su declaración para las probanzas de Bazan, Francisco Congo -el joven negro- deja constancia que él “...es el que vino (con) las dichas mugeres e sus hijos dende el dicho desbarate hasta la ciudad de talauera huyendo de los indios sin traer que comer ni bestir mas de lo que trayan encima en solo sus cauallos  y mulas... esperecidos de hambre que ya no bian sustentándose solo de yeruas y cardones del campo...siempre vio este testigo e las dichas mujeres un hombre cauallero en un cauallo blanco que no conocían quien era e siempre entendían quera un pedro gomez de balbuena que havia escapado del dicho desvarate....que solia veuir en un cauallo rucio (blanco)...le iban dando vozes...diciéndole aguarde señor pedro gomes esperenos y socorranos...yba siempre adelante como un tiro de arcabuz que no le podían conocer bien... ESTE TESTIGO ENTIENDE QUE ERA EL BIEN AUENTURADO SANTIAGO...A QUIEN TOMO POR SU ABOGADO, y le llamaua por horas y momentos que le favoreciesse sacándole de aquel temerario peligro...y asi lo tiene por cosa cierta porque pedro gomez.....en breve tiempo se hauian puesto en la ciudad de talauera....asimismo se encomendaban las dichas mugeres con grandísima devoción...” (Información de los méritos y servicios del Capitán Juan Gregorio Bazán, Santiago del Estero, 1585-1589. p. 280)
Quince días tardaron en encontrarse con quienes venían en su auxilio desde Talavera. ENTONCES, EL JINETE DEL CABALLO RUCIO DESAPARECIÓ. Se quedaron en Esteco el tiempo necesario para reponer fuerzas,  luego se afincaron en Santiago del Estero en los bienes que fueron ganados por don Juan Gregorio Bazán.
La familia continuó  en una larga y fructífera descendencia, gran parte de ella en La Rioja.
Otra vez la intervención de la Providencia  ayudando a los cristianos, como tantas veces en la historia de América. La lucha por la vida y  por la subsistencia, fue tremenda,  apoyándose siempre en la Fe que fortalece, que anima, que le va ganando terreno a la impiedad y al paganismo, con esfuerzo, sacrificio y sufrimiento.  Nada fue fácil ni simple. Todo el quehacer de aquellos hombres y mujeres tuvo una nota de arrojo y de coraje, como tuvo también luces y sombras.
NADA MAS.

BIBLIOGRAFIA

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Brizuela y Doria de Mesquita Elena B.: “La sangre del Conquistador Juan Gregorio Bazán entronca con el Vínculo de Sañogasta”, Ponencia, II Congreso Nacional de Genealogía, Tucumán 2005.

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