viernes, 14 de octubre de 2011

Héroe por la Virgen, la Santa Vera Cruz y la evangelización, el misionero jesuita mestizo Pedro de Añasco

Maravillas de la civilización cristiana: San Ignacio - Misiones



Edificadores de nuestras raíces cristianas



El P. Pedro de Añasco, SJ, y su heroísmo apostólico : “Podemos por la voluntad del Señor catequizar y confesar en once lenguas, y quedan además otras muchas que aprender, y todas las salidas que hacemos traemos aprendidas una o dos lenguas”


Por Luis Mesquita Errea


La acción misional de los jesuitas (también llamados “teatinos”) en la gobernación del Tucumán es un acontecimiento cultural y religioso de primera magnitud en la formación cristiana del pueblo argentino. Las autoridades religiosas y civiles dejaron asentada en documentos la obra de las reducciones y misiones que fueron su especialidad.
Veinte años después de la fundación de la primera ciudad argentina, Barco (1550, rebautizada como Santiago del Estero en 1553), los Provinciales jesuitas del Perú aspiraban a desarrollar esa obra, obteniendo del Rey el costeo de los viáticos.
En 1585 fueron enviados al Tucumán, a pedido del Obispo Victoria, los primeros misioneros jesuitas, Padres Angulo y Barzana, y el Hno. Villegas, expertos en lenguas indígenas, quienes desarrollaron una labor de sorprendente amplitud y alcance, atrayendo a multitud de naturales al cristianismo y a participar de las procesiones, asistir a las clases y transformarse en neófitos evangelizadores, dando nueva vida a esa primera gobernación argentina.
Un segundo grupo de jesuitas vino también por iniciativa del Obispo Victoria, cuyas operaciones comerciales (muy azarosas, y cuestionadas por algunos) trajeron como consecuencia benéfica la apertura de la vía comercial del Tucumán por el Río de la Plata y Brasil.
Los enviados del Obispo navegaron desde Buenos Aires a Bahía y permanecieron allí 6 meses para conseguir misioneros jesuitas, logrando finalmente algunos padres. Al volver la expedición, sufrieron un tremendo ataque de corsarios ingleses que cometieron toda clase de oprobios y los remolcaron y abandonaron a la altura de Carmen de Patagones, salvando su vida casi por milagro.
Después de inauditos sufrimientos pudieron finalmente llegar a Córdoba del Tucumán, donde los esperaba el Obispo, comenzando su labor junto a los Padres Angulo y Barzana. Algunos no quisieron quedarse por la gran dificultad de las lenguas volviendo a la región guaraní, lo que redujo mucho el contingente.
Pero un tercer grupo llegó del Perú (1590), de dos sacerdotes: el Padre Pedro de Añasco (mestizo de Chachapoyas, Perú) y el Padre Juan Font. El nombre Chachapoyas, según Miguel Solá, se encuentra en nuestra toponimia norteña, concretamente en Salta, por haber sido ésta un asiento incaico que dio nombres quichuas a puntos afines con su geografía de nuestra provincia.
Los Padres Añasco y Angulo fueron enviados por el P. Font a fundar la misión del Bermejo, con asiento en Matará, pueblo de tonocotés y lules (mientras el Hno. Villegas era enviado a Salta).
A éstos se sumaría un nuevo refuerzo del Perú (1593), constituido por los padres Lorenzana, Viana y Monroy, los hermanos Aguila y Toledano, y el superior, Juan Romero.
Pudieron entonces los Padres Monroy y Añasco
misionar en Humahuaca. El Padre Añasco logró la importante conversión del Cacique Viltipoco, irreductible al principio, refiriendo él mismo que “murió muy bien y con mucho sentimiento, y muestras de su vida passada (sic), confessándose dos o tres vezes” (C. Bruno,SDB, Historia de la Iglesia en Argentina, t. I, p. 435).
Desde el Tucumán, la acción misionera jesuita se extendería al litoral y al Paraguay. Pero no cejó en el esfuerzo de evangelizar el Tucumán, misionando el Chaco, Esteco y “el país de los Caracaráes”: “entre pocos hombres quedó repartido el Tucumán, región tan grande como España, la cual recorrían incesantemente, visitando selvas, escondrijos, cavernas y montes retirados”, escribió admirado el P. Techo en su Historia.
Poco después, el P. Claudio Aquaviva fundaba la Provincia Jesuítica del Paraguay, con centro en Córdoba, abarcando el Tucumán, Paraguay y Chile. Su primer provincial fue el P. Diego de Torres (1607).
La labor del Padre Añasco es mencionada por su compañero, el P. Barzana, quien hace referencia al conocimiento que habían adquirido del tonocoté, sin el cual “en este pueblo de Matará no hiciéramos nada, y con ella y con la diligencia que Dios da al Padre Añasco (…) se alegra el cielo” por “el fervor y cuidado” con que “acuden chicos y grandes a saber la doctrina toda en su lengua, y a los sermones que en ella se les predican, y es cosa de grandísimo contento…” .
Pero: “Esto de las muchas lenguas no fue don privativo del padre Barzana. Su compañero, el padre Añasco –según testimonio de Nierenberg-, ‘aprendió nueve lenguas diferentes, de la cuales hizo artes, vocabularios, catecismo y oraciones’”.
El mismo Padre Añasco escribía: “Podemos por la voluntad del Señor catequizar y confesar en once lenguas, y quedan además otras muchas que aprender, y todas las salidas que hacemos traemos aprendidas una o dos lenguas” (Furlong, ap. Bruno, Historia, o.c.).
El P. Añasco dejó un recuerdo perdurable de bien y virtud: Tenía “buen ingenio y talento para confesar y predicar a los indios. Sabía bien la lengua indiana”. (…) “está aprovechado en humildad y obediencia, es devoto y ejercítase en la oración con fruto (…); es mestizo” (Informe del Visitador Juan de la Plaza, SJ, cf. Coello de la Rosa, “De Mestizos y criollos en la Compañía de Jesús…”, p. 41).
El P. Nicolás del Techo, en su Historia, refiere que estando enfermo en su noviciado se le apareció la Reina de los Angeles “quien le abrazó y prometió su amparo”, visión que dejó en él una huella de por vida. Y que “en sus excursiones apostólicas por el Tucumán, se le vio muchas veces curar a los indios pestilentes úlceras, limpiar los gusanos y pus que arrojaban éstas, y emulando la virtud de San Francisco Javier, beber, en presencia de los bárbaros estupefactos al ver tan heroica fortaleza, vasijas llenas de po d re y otras cosas fétidas arrojadas por las llagas de los dolientes. Sus continuos ejercicios eran besar las úlceras de los enfermos, socorrer a los que sufrían, dar alimentos a quien los necesitaba, dormir poco, orar mucho, azotarse cruelmente y anticiparse siempre a servir a sus compañeros”. (…) “habló nueve lenguas americanas”, (…) “acarició con la mano un tiegre feroz, cual si fuese un manso perro”. En el Tucumán hizo expediciones durante 15 años y “convirtió innumerables gentiles. Murió en Córdoba el año 1605 (…). El P. Nierenberg lo coloca fundadamente entre los más esclarecidos hijos de la Compañía” (Nicolás del Techo, Historia, cap. XXXI).

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